viernes, 7 de marzo de 2014

Girl and the pond

Me voy a poner honesta. Podría ser el rivotril, la botella de vino tino o la cochina tristeza que no se va. A veces, cuando pega más cabrona esta certeza de ser el único de una especie extraterrestre a bordo del Enterprise, sin la ventaja de la amabilidad y gentileza de la tripulación, uno se pregunta ¿siempre ha sido así? 
Y al revisar los perfiles de la gente, los amigos que sirven para ir al cine, la única amiga a la que hasta habría acompañado a Mordor para destruir el anillo, o ese breve momento en el que pensé que yo también podía disfrutar de esas cosas bonitas que todos tienen.  Amigos, familias, un breve momento antes de irte a acostar en el que piensas que hay alguien, un joven alto y greñudo que en contra de todas las posibilidades está interesado en si vives o mueres. Suena bonito y cuando eres joven cometes el mismo error de Frankenstein cuando ve a quienes quisiera acercarse, sales y te arriesgas, hasta que entiendes que nada bueno puede salir de ahí. Los aldeanos se aterran, no por nada ahogaste a una niña pequeña en el lago. Fue un accidente, debía flotar con las margaritas.


Pero ni modo. En algún punto Frankenstein entiende que no hay lugar para él. Para los ermitaños y los monstruos existen los libros, las cuevas, el exilio en una barquita construida con tablones y retablos, a menos que te resignes y decidas dejar que lleguen por ti. Si la culpa no me persiguiera sería un monstruo feliz, pero soy una aberración melancólica y bajo tratamiento.
¿Qué más puedes hacerte?
Pero el instinto pega cabrón, como cuando manejas y un pendejo se te cierra. "Me hubieras matado pendejo", pero entonces recuerdas tu coche y lo mucho que lo amas y mejor optas por cuidarlo y ponerte a decorar la cueva del ermitaño una y otra vez, como si se tratara de la botellita de mi Bella genio. 

Hay personas que no deberían caminar por los rumbos que se ofrecen en esta vida.

Por eso fumo.

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