martes, 1 de abril de 2014

La mala investigación

Alguna vez, hace muchos años, descubrí unos binoculares en mi closet. En ese entonces, cuando todavía era joven y vivía en uniforme había espacio en mi closet para guardar chácharas que nadie usaba como binoculares y el bastón que mi papá tuvo que usar después de un accidente de carretera que pasó antes de que yo naciera. A veces me daba por sacar el velo de novia de mi mamá, el bastón, los binoculares y cualquier otra cosa que anduviera por ahí. Tal vez por eso no me caso, me eché la sal probándome un velo de novia en la infancia. Bien, me gusta ser supersticiosa.  
Pero lo que más disfruté fue darle un buen uso a los binoculares. Era muy joven, debí tener menos de diez años, pero ya en esos tiernos años tenía un malsano sentido del humor y espiar la discusiones de los demás se me antojaba maravilloso. Digo, si toda la calle podía ver cuando mi mamá aventaba los trajes de mi papá por la ventana o le gritaba por llegar a "esas horas de la mañana de quién sabe dónde", yo también podía meterme en los asuntos de los demás. Desafortunadamente mi calle era un lugar de lo más soso, no por nada hasta lleva el nombre "tranquilidad". La casa de mi infancia lleva un año en posesión de extraños que ahora han decidido que ni pagan renta, ni pagan agua, ni luz, ni se van. Como resultado, mi madre cortó la electricidad y ahora por fin se irán después de haber vivido en lo que fue mi casa. A veces me pregunto si cuando se vayan sería buena idea mudarme a mi antiguo hogar con mis perros y mi alma, pero entonces recuerdo que soy una desempleada sin un centavo en el banco que no sabe ganarse la vida y está demasiado acostumbrada a las comodidades como para renunciar a ellas. No quiero compartir mi baño nunca más. Soy una malcriada. Además, tendría que quitarles el jardín nuevo a los perros y les dolería enormemente no tener espacio para correr. Eso, por eso me quedo con mis padres, por ellos. Sólo hago lo que una madre haría. ¡Es un sacrificio!

De mi casa de la tranquilidad me quedaré con dos o tres bonitos recuerdos. ¿Para qué insistir en los malos? Extrañamente, el bastón y los binoculares son de los buenos, aunque lo único que llegué a ver fue a los hijos de los vecinos pelear. Una vez, trepada en el taburete de terciopelo azul que tenían mis papás bajo su ventana, me puse a espiar en la calle a ver qué veía.  A la distancia, alcancé a ver cómo Pily, la hija mayor de la casa de madera a tres casas de la mía, y Memo, el greñudo de la motocicleta que era el hijo menor de los vecinos de enfrente, Memo y Conchita, peleaban y se reconciliaban. Supongo que fue gracioso y extraño espiar a unos jóvenes en edad universitaria (aunque ninguno fue a una, me parece) echar novio por la calle.  ¡Se estaban besando! En mi imaginación, eso sólo podía significar que eran novios y se casarían y tendrían hijitos, lo que no terminó así. ¿Qué fue de su romance vecinal? Quién sabe. Al final cada quien se fue por su lado y creo que Pily se casó con un piloto y se fue a vivir a Querétaro. ¿Y cómo lo sé? Me contó Flor, que trabajó con ella antes de llegar con nosotros, y parece que Pily resultó ser de lo más abusiva porque a veces no le pagaba y le decía que lo haría después. Qué bueno que me anduve metiendo en su vida e informándole a mis padres todos los detalles de la conversación que ahora no recuerdo. Como un detective orgullos de reportarse ante su comandante. 
Me sentí importante, como si el poder meterme en la vida de los demás me convirtiera en la feliz poseedora de información privilegiada que podía, o no, compartir con los demás. Pily y Memo andaban. 
¿Quién quiere saber lo que vi?

Después, esa necesidad morbosa por enterarme de cosas por mis propios medios se materializó en una revista de disney que venía con un kit e instrucciones para convertirse en investigador privado, al menos en el campo de mis sueños infantiles.
Lo único que hice fue llenarle la casa de talco a mi pobre madre, pero entonces llegó a mis manitas un libro con tres obras de Agatha Christie y los binoculares se vieron reemplazados por las pistas y las tramas retorcidas que al final llevaban a una solución del tipo: ¡Fue la secretaria que se vistió de hombre para matar al supuesto jefe que en realidad era su hermano!
Otra vez aparecía la sensación de importancia. "Sí, yo sabía quién era el asesino desde el principio". Creo que el libro era de mi mamá o de mi tía, la que huyó a Canada. Cuando vino a México con su entonces guapo prometido (pobrecillo, tan guapo que era y con los años engordó masivamente) para casarse le informé en el camino al registro civil que me había apropiado de su libro y me dijo algo extraño que entonces no entendí, algo sobre los libros que nunca se le pueden robar a los demás aunque lo tengas contigo.  Me pregunto si la jueza que le coqueteaba al novio mientras los casaba habría sido igual de descarada al saber que quince años después engordaría hasta niveles mórbidos y tendría el cabello completamente blanco. Eso sí, no se quedó calvo y siguen casados. Un éxito. 

El libro era Un gato en el palomar y recuerdo que se resolvía por las rodillas viejas y arrugadas de alguien. La edad de las mujeres se ve en la rodillas y me sentí profundamente decepcionada por no haber adivinado antes quién era el asesino.
Después me fui haciendo más hábil, tan pronto comprendí que la opción más obvia suele ser la correcta y que las coartadas que dependen de testigos siempre pueden ser destruidas al descubrir cómo y dónde se disfrazó el criminal, las cosas se iban agarrando más rápido.  Cuando estaba por entrar a secundaria, mis señores padres me regalaron la colección completa. ¡Fue glorioso! En especial porque en esa época no existía Amazón, ni Gandhi. Hablabas a la editorial si los querías todos porque La Casa del libro rara vez tenía otra cosa que libros de escuela, es decir, muchos libros de texto y todo lo que le dejarán a los estudiantes de secundaria y preparatoria, pero Agatha Christie estaba difícil.
¡Ah, qué maravilla abrir la caja y verlos todos adentros, alineados y perfectos!

Hace poco, cuando tuve el brote piscótico me dio por releerlos para poder concentrarme en algo que no me despertara las obsesiones. Crímenes locos en escenarios exóticos me pareció buena idea. Los volví a disfrutar por sencillos y por la gran explicación final donde prácticamente se le quita la máscara al familiar y/o amante despreciado que se había vestido de nativo, árabe, mujer bronceada, hombre leñador, esposa muerta, hermana muerta, etc., para cometer el crimen y tener una coartada. Se me ocurrió que a Jane le podían divertir tanto como a mí, pero los terminó rápido y sólo me dijo "pues está muy obvio, ¿no?"
¡No, porque tuvo que fabricar un sombrero verde y maquillarse la piel con yodo para parecerse a la víctima y así adelantar la hora de la muerte frente a los turistas para darle una coartada a su esposo/cómplice!

No sé, tal vez la edad y el ver compulsivamente Investigation Discovery habían matado la capacidad de asombro, pero la semana pasada mi doctora me prestó un libro nuevo. Al principio lo vi con reticencia porque lo escribió J.K. Rowling bajo un seudónimo, que estaría divertido si no te dijeran atrás que "El canto del cuco es la primera novela de misterio de J.K. Rowling escrita bajo el seudónimo de Robert Galbraith".
No sé si podía confiar en la mujer que al final decidió no matar a Ron y casarlo con Hermione, aparte de mis objeciones sobre Harry Potter. No es que no me guste, pero después del Príncipe Mestizo tenía la esperanza de que los mortífagos demostraran un poco más de ambigüedad moral, igual que los "buenos". Me confunde que al final los malos siempre hayan sido malos y siempre sean malos porque son chafas y los buenos siempre hayan sido buenos porque siempre fueron nobles y tienen dos o tres defectos que nadie nota porque nunca tienen consecuencias reales. 
(Me agacho para evitar que caiga basura en mi cabellera de princesa)

Pero cuando la Sra. Doc dijo que era de misterio me venció la tentación. Y ahí está que hoy terminé El canto del Cuco y tengo la extraña sensación de haber leído a Agatha Christie.

En primer lugar tenemos que admitir que la dinámica entre Strike y Robin cumple pero no creo que los convierta en un dúo dinámico al estilo Watson y Sherlok Holmes. Más que nada porque Robin es eficiente y Strike es astuto, perspicaz y tiene suerte pero por separado serían iguales. Ella habría sido una excelente secretaria en la empresa de Recursos Humanos. Están bien, pero no estaré al pendiente de sus aventuras.
Por otro lado, el que el asesino termine siendo el personaje que pone en movimiento la investigación al buscar a Strike es un recurso básico en las historias de Poirot, siempre lo meten y al final siempre los desenmascara de forma teatral. De hecho, Strike es una especie de personaje extravagante y poco atractivo que a su modo se las arregla para ser pintoresco y suficientemente interesante para no caer en el cliché de Humphrey Boggart en el Halcón Maltés. Tienen mucho en común, como la actitud de sabelotodo, la bebida y el tabaquismo, pero el pasado familiar de Strike, la panza, la habilidad para comer hamburguesas y su graciosa indigencia le dan crédito. A pesar de todo lo que creímos en un principio, resultó ser bueno. 

Hubiera preferido que el asesino fuera el tío desagradable pero los personajes que nos caen mal desde un principio suelen ser inocentes del asesinato. Fue muy triste ver pa' dónde iba cuando Strike se encuentra con el diseñador Guy Somé y compara su forma de llorar con la de John. En el momento en el que lo sugiere uno dice "chin, fue John", lo que resulta ser muy decepcionante porque uno quiere pensar que hay hermanos mayores que protegen y extrañan a sus hermanas menores. Pobre Lula se supone, pero no logré simpatizar con ella. Hasta el final, incluso cuando el pobre Bristow se descara e intenta matar a Strike yo estaba de su lado. Lula era efectivamente una malcriada malagradecida. 
Y ahí mi querido lector está el verdadero defecto del libro de la Sra. Rowling. No es que no esté bueno o no me haya gustado, sí, está entretenido, vale la pena para echárselo en el gimnasio y es sorprendente leerlo sabiendo que es de ella porque no veo a una modelo tirándose a un investigador o a un narrador hablando con palabrotas cada dos segundos sobre heroína y pezones bajo blusas transparentes en la serie de Harry Potter, no hay que quitarle su mérito, Sra. Rowling, me ha sorprendido usted, pero insisto, tiene una falla que sólo un paciente psiquiátrico podría detectar:
¿Sí Lula era supermodelo pero también era bipolar, cómo le hacía para tomar los medicamentos y seguir delgada? ¿Qué estaba tomando para no engordar? ¡Todo engorda! Hay gente que ha subido 40 kilos en seis meses con zyprexa. ¿Qué clase de antipsicótico milagroso le daban a Lula y por qué no ha salido al mercado?

Y ese misterio no me lo resolvió el señor Strike. 

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