martes, 8 de abril de 2014

Otro día de abril

Ya pasó un año, más de un año. Puse a dormir a Rito el cuatro de abril, creo que era jueves, y este año cayó en viernes. Tal vez era jueves, no sé. Sus últimas semanas de vida se me pasan por la cabeza como si fueran pedazos de sueños confusos. Las noches eran largas, había que vigilar cuando quisiera orinar para ponerle el pañal o cargarlo hasta la terraza, y los días se dividían en los escasos minutos en los que intentaba obligarlo a comer con una jeringa cada tres horas. Luego vino el llanto. Lo tenía acostado sobre mí, con el hocico contra mi cuello y lo escuchaba sorber el aire con dificultad, hasta que empezó a llorar de dolor. Uno de esos momentos en los que aceptas que si ya no camina, ya no puede dominar sus patitas, ya no ve, ya no come y sufre, no queda de otra. 
Cuando llegué al consultorio acababan de llegar los resultados. Cáncer, metástasis total. 
¿Pude haberlo retenido, aunque fuera unos meses? Tal vez, pero estaba llorando. Mi Rito, el perrito callejerito.
Tenía usted razón, soy la persona más egoísta que ha conocido.

Hay días en que lo extraño más que otros. El saber que no está, esa fea certeza de que haga lo que haga ya no está, se siente todo el tiempo, pero a veces duele, fisicamente hablando, digo. Hay días, como estos días raros de primavera en que el clima cambia extrañamente y está nublado antes de que empiece a hacer calor sólo para soltar ráfagas de viento frío de repente, en que siento el dolor, una especie de entumecimiento, más que nada en el hueco entre la cadera y el brazo, como si lo hubiera estado cargando y lo hubiera soltado de repente.  Mi papá se burlaba de nosotros porque siempre lo traía cargado. "Parece muñeco este wey", pero tenía razón.  También lo siento en las noche, cuando me acomodo de lado, casi en posición fetal y no está acurrucado en mi estómago, ni sobre mi brazo. Rito era muy manejable, se dejaba mover a voluntad, como si fuera un paquete. 
La costumbre de sentarme al borde del asiento frente a la computadora también se me quedó, aunque él ya no esté hecho un ovillo detrás de mí, en la parte de atrás de la silla. No me puedo sentar bien, siento que lo voy a tirar.

Ahorita Mina y Luke Skywalker duermen la siesta y Fortunato está allá fuera, echado, disfrutando el aire fresco. No sé dónde está Rito. Sé que lo enterré porque no soporté la idea de que me quitaran su cadáver para cremarlo y entregarme una vasija con una etiqueta impresa que quién sabe qué tenga adentro. No confío en la gente, no les confiaría el cuerpo de mi Rito, no tengo ninguna garantía de que en verdad lo que me devolvieran en una bolsa de plástico fuera él. El reglamento de la Asociación de Colonos prohíbe enterrar mascotas en los jardines... me vale madre.

¿Cómo me iba a desprender de él? No puedo desprenderme de él. Por aquí hay muchas corrientes de aire, una vez se rompió la puerta de vidrio del cuarto de servicio en uno de esos ataques extraños de viento. Rito está allá abajo, hay un cerezo pastelero floreciendo sobre su pequeño ataúd y un montón de flores afeminadas a las que yo me opuse en un principio pero que Valentín decidió plantar alrededor de la barda.Florecitas color lila para cubrir la barda que rodea a mi Rito, hágame usted el reverendo favor.
 Rito era fiero, malhumorado, antisocial y muy decidido. Bastaba con que cualquier persona, incluyendo a mis propios padres, se me acercara para que pegara un brinco enseñando los dientes, aunque le faltaran algunos.  Cuando se habían ido y estábamos a salvo de la gente y el mundo, regresaba a su lugar junto a mí y ahí se quedaba, dormitando o apoyando su cabecita sobre mis copias o el control remoto. Tierno y cariñoso. Era difícil levantarse de la cama porque no lo quería dejar y él empezaba su día hasta que estaba completamente iluminado allá afuera.  Dormía a gusto, al despertarme me estiraba, le daba un beso en la cabecita de despedida y me metía a bañar para ir a clase. Lo extraño mucho en las mañanas, ya casi nunca duermo hasta tarde. Me duele el brazo, me duele el estómago.
Podría ser la falta de sueño. Anoche el rivotril no me sirvió de nada y me niego a tomar la nueva madre esa que mandó la Dra. Pills.
Tengo sueños raros todo el tiempo, dice la Dra. Pills que es uno de los efectos secundarios del prozac: sueños vívidos. Lo malo es que nunca sueño con él. 
Tal vez mañana será mejor, tal vez  me encuentre con algo entretenido de camino a ver a  la Dra. Pills, o en algún giro extraño del destino alguna de las personas a las que les escribo tan formalmente para que me den chamba me contestan. Aunque no creo.

O a lo mejor mañana soñaré con él.



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