jueves, 12 de junio de 2014

Insomnio

No puedo dormir, y eso que me tomé pastillita completa de 20 y todo. Es que, hace unos días desaparecieron los peces de la fuente y aunque al principio supuse que murieron y el maestro que está construyendo la cisterna (hay que prepararse para el apocalipsis zombie) se llevó los cadáveres por delicadeza, luego pensé que tal vez algún intruso, un gato, el mapache enemigo de Fortunato, el diablo, qué sé yo, los robó y se los comió para mi más profunda tristeza. Al principio me dolió en el alma perder a mis peces y no saber qué les pasó (como a mi patito, Lucas), pero después me resigné pensando que era lo mejor. Los peces tienen una vida muy corta y yo tengo una afición muy grave a encariñarme con animales que mueren... hasta hoy.

Cuando salí al jardín con los perros me asomé a la fuente para observar el delicado riachuelo artificial reflejar los delicados lirios que Mina y Fortunato nunca dejarán de desenterrar y comerse, cuando los vi. Los vi. No eran mis divinos peces dorados, ni mis amigos los peces ninja: ¡HABÍA GUSANOS!

Gusanos gigantescos y asquerosos,malvados, bailando y retorciéndose en el que alguna vez fue hogar de mis pequeños amigos ninja. Fue espantoso. Llamé a gritos a mis chamacos y cerré la reja para asegurarme de que no se les ocurriera rondar la fuente y/o tomar agua de ella, lo que hacen con todo y que tengan justo en sus narices el bebedero que les lleno diario con agua fresca como la madre idiota que soy.

Ahora, Fortunato duerme en su casita, abrazado a su almohada de peluche y Mina y Luke Skywalker se reparten mi cama, los últimos dos roncan alegremente, pero yo no puedo cerrar los ojos sin ver a esa monstruosidad que cobró vida bajo mis narices. ¡Gusanos! Los odio, los odio, los odio. Los odio casi tanto como a sus amigas las demoniacas serpientes. Digo, amo a casi todas las criaturas de la creación pero las serpientes no tienen derecho a la vida y su ejecución para convertirlas en bolsas es justa y necesaria. Sobre sus amigos los gusanos acepto que vivan, pero no en mi fuente, cerca de mis hijos.

Y ya casi son las dos de la mañana y no puedo dormir. Los veo, los veo. Cierro los ojos y ahí están, retorciéndose como los monstruos asquerosos que son, y de ahí empiezo a preguntarme si son del tipo que se convierte en solitarias. ¿Y si mis hijos traen una en las entrañas ya? ¿podría yo, traer una?

Y de ahí saltó a la leyenda urbana que me contaba mi madre sobre el niño que tenía una solitaria y se quedó ciego cuando la cola le salió por el ojo. Todo para que me lavara las manos y me comiera el hígado encebollado. Hasta la fecha no soporto la cebolla en aros. No la soporto, picada, empanizada,  preparada con limón y salsa de soya, sí puedo. Pero cada vez que veo que el mesero idiota se equivocó y le puso cebolla en aros a mis chilaquiles verdes no hay mayor necesidad que quitarla de mi plato lo más pronto posible, precisamente porque parecen gusanos, son como gusanos/serpientes enroscados que deben irse.
Y quiero cerrar los ojos y dormir sin soñar pero las imágenes están ahí y no puedo sacarlas.
 Maldita, maldita, maldita sea.
Quiero desinfectar todo, salir al jardín y tirar la piedra más gigantesca que encuentre sobre ellos, clausurar la reja, secar la fuente, pero lo intenté y en un vuelco del destino al municipio se le ocurrió que hoy sí habría agua. Intenté desconectar el numerito pero había dos conexiones y no sabía cuál era para que siguiera entrando agua y cuál debía mantener conectado para drenarla. 

Que mueran, por favor que mueran. Que se sequen y se hagan polvo y se fundan y se los lleve el diablo al infierno donde pertenecen. 
Y ahora empiezo a temer la aparición de serpientes en los rincones húmedos. Me da comezón en los brazos. Ha de ser el cabello que me cae encima. No importa. Tengo que dormir. O al menos tengo que intentarlo.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario