viernes, 19 de septiembre de 2014

Si me tocan, me pierden

Creí que ya había terminado con el boletín que tenía de chamba, pero como estaba sumida en una severa depresión/culpa, me armé de valor para salir de la cama y arrastrarme hasta la regadera e ir al centro. Pensé "bueno, paso a preguntar lo de las fotocopias y me voy a dar una vuelta", cuando de repente: ¡Sorpresa, encontraron tres cajas más!

Lo peor, es que sí me emocioné.

Pero llegando a la parte importante, vamos a saltarnos las horas de dolor de espalda que me eché y lo molestos que son los guantes de latex una vez que los sudas y vamos a la parte buena, el camión de regreso.

El viaje en metro se llevó a cabo sin contratiempos, aparte de que estaba hasta la madre, pero por suerte el camión que me llevaría a la plaza más cercana a mi casa, venía con un respetable número de viajeros... hasta que llegamos a Naucalpan. Les digo, no sé qué pasa en este municipio, alguna vez fue un lugar seguro y feliz, pero este presidente municipal que nos cargamos ha destruido los alrededores como Sauron intentó destruir la Comarca. De repente, en una de las paradas vi un camión lleno de militares que detuvo a dos camiones y bajó a todos sus ocupantes. ¡Qué cosa tan curiosa! Claro, estaba muy interesante hasta que vi que pretendían trepar a todo el pasaje de los otros dos camiones al mío. 
Ahora imagínense el trayecto con el camión a reventar y su humilde servidora apretujada en el asiento de la ventana. Con cada vuelta pensaba "a la siguiente curva esta cosa se va a voltear y todos me van a caer encima". Cuando recé por una muerte pronta, inmediata e indolora no me imaginaba terminar aplastada bajo la señora con olor a cebolla y blusa sin mangas. Lo vi perfecto. Los policías moviendo los cadáveres sólo para descubrir mis pequeñas manitas saliendo por debajo del gran personaje que obstruiría el descubrimiento de mis restos.  Al día siguiente la foto aparecería en el fino periódico Metro con el encabezado "Les cayó la gorda", y ahí quedaría mi larga y penosa existencia.

Ay, pero qué forma tan poco elegante de morir. 

Que bueno que no morí en el camión. Si voy a morir de forma trágica y pública me gustaría estar usando algo bonito, al menos una pulsera, una corona de flores o un collar coqueto. 
No quiero morir en pants.

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