jueves, 9 de octubre de 2014

Cuentos chinos

El cómo o porqué llegué a ver Cumbia Ninja no es importante, aquí lo que me preocupa es:

¿Cómo alimentan al dragón?

Como sabemos, los dragones, al igual que todos los animalitos del mundo (menos las pinches víboras, esas merecen convertirse en carteras) deben ser amados y protegidos. Por eso no voy a reparar en el asunto del anciano y sabio oriental que vive en una pagoda en lo alto de una montaña en un pueblo donde viven mexicanos, venezolanos, argentinos y otros acentos que no logré identificar en lo que parece ser una guerra entre mafiosos malos y gente de barrio padrísima que son extrañamente libertinos y carecen de los medios materiales básicos para la subsistencia pero se las arreglan para tener complejos dibujos en sus semi-afeitados craneos. Eso no nos preocupa. La protagonista, que buscaba venganza echándose (o no sé si se lo llegó a embolsar o no, la temporada pasada la vi en el gimnasio y recordemos que las teles de ahí no tienen sonido, entonces tuve que adivinar) a uno de los mafiosos de menor categoría en lugar del joven amor de su vida al que aleja rompiéndole el corazón por su propio bien al final de la temporada pasada para largarse con el ya mencionado mafioso de menos categoría que además de todo tiene el detallazo de cargar con su abanico, acaba de perder la memoria, pero eso no importa.

Sí... hay un mafioso con abanico.

Lo que importa es ¿Hay alguien capacitado para tratar con una especie tan compleja como la de los dragones? Y le voy a decir lo mismo a estos personajes que despertaron a un dragón a través de la fuerza de la música pop, que le digo a los idiotas que consideran a las víboras, boas y demás parientes infernales como mascotas: "Los reptiles y las criaturas imaginarias no son mascotas".

Los mafiosos como quiera oiga, pero ¿y los dragones? ¡Nadie piensa en los dragones!



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