viernes, 7 de noviembre de 2014

Nuestro pequeño secreto

Yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante ustedes, lectores, que he pecado de debilidad y desidia. Hoy he sido completamente incivil... pero ha sido mi amor de madre lo que ha ocasionado mis faltas, no el diablo o la tentación de mentarles la madre a los Colonos de alguna forma. No, ha sido mi tierno corazón de madre.
Vera usted, hoy vino el jardinero, que es uno de los enemigos jurados de Fortunato (o al menos eso piensa él), por lo que me vi obligada a tenerlo encerrado en la terraza. Como en la mañana me largué al gimnasio (ni sé para qué, pero bueno, en algo hay que ocupar el tiempo)Mina estaba enojada conmigo y me castigaba con el látigo de su desprecio. Intenté jugar con ellos, pero estaban tan inquietos que lo único que pude hacer para calmarlos y evitar que siguieran peleando y mordiéndose (sin contar los rasguños que me tocaron a mí), fue sacarlos a pasear.
Ah, qué normal, pensará usted. Una persona que pasea a sus perros. Y supongo que tendrán razón, si habláramos de perros civilizados, pero los míos son... especiales. Tan especiales que tan pronto logro que me dejen ponerles la correa, un chaleco completo para Mina porque está muy loca, no me dejan tener el control de las correas por mucho tiempo. Por lo general ya me tiraron antes de dar la vuelta en la esquina, eso si tengo suerte. Hoy salieron disparados como maniacos en cuanto abrí la puerta, y sí, efectivamente me tiraron, después de eso me fui persiguiéndolos, pero estos pulmones ya no están para el ejercicio y en cuanto lograba alcanzarlos se echaban a correr de nuevo. 
El punto es que su locura es tan grande que mientras corrían sin control por el camellón sacaron volando uno de los aspersores... oh, oh.

Lo extraño es que me puse locamente nerviosa y paranoica. Según yo había estado practicando con éxito el autocontrol e incluso llegué a asistir a tres actividades sociales en un día. Imagínense, fui con la doctora de la dieta, me pesé (estrés), bajé 500 gramos que seguramente recuperé a la media hora de prometer que ya no rompería la dieta porque fui a comer pizza con el amigo filósofo de Fanny y un par de horas después me presenté en la dirección del campus más cercano para lo que se suponía sería una entrevista de trabajo pero terminó siendo una larga espera y breve charla con la secretaria particular del señor al que iba a ver que, aunque amable, me hace pensar que eso de "estamos en contacto" significa "no nos llames, nosotros te llamamos a ti. Ni modo, al menos bajé 500 gramos, que no me quejo, después de comer tan seguido en la casa de la Dra. Pills, sería raro que hubiera bajado algo. Es que no sé si les he contado que es mitad china, entonces siempre tiene esas recetas buenísimas que incluyen verduras, pero también mucho arroz. Sí, así es, también he estado en la casa de la Dra. Pills largos periodos de tiempo, conviviendo con sus hijos y con Mayra, la señora que hace todo ahí, lo que demuestra que mis esfuerzos por ser sociable y controlar la angustia de la próxima semana sobreponiendo actividad tras actividad iban bien... hasta hoy.
¡Los nervios!
De pronto empecé a registrar todas las caras a mi alrededor. Los trabajadores de enfrente, la camioneta blanca que pasó con personas que me veían acusadoramente y hasta un coche rojo que yo estoy segura llevaba al señor de mantenimiento. ¡Lo saben! Y me eché a correr con mis hijos. Casi al llegar al parque Fortunato se paró a hacer sus necesidades, pero estaba lejos y no vi dónde las hizo, sin mencionar que temía que un trabajador y/o policía de la caseta me alcanzara en cualquier momento para que le pague el aspersor a los Colonos. 
Ah, no, eso jamás. Y seguí corriendo. Lo sé, soy una persona terrible, pero en mi defensa diré que me sentía vigilada y la paranoia me atacó libremente. ¡Temía que me vieran! Y luego fue peor porque me di cuenta de la cantidad de cámaras que hay en las casas. Ay, quién me habrá visto. Si preguntan en la caseta sabrán que fui yo. ¿Quién más tiene dos perrotes medianos, uno beige y uno negro, que sean mestizos? Pomeranian o chihuahuas sueltos hay para tirar pa' arriba, pero después de ver cómo me sacan a pasear mis inconfundibles perros, los policías de la caseta ya saben cuáles son los míos. Yo me he encargado de recordárselos cada vez que me pongo paranoica porque Mina se me vaya a salir. Ay, y está el incidente de los vecinos municipales que le hablaron a la caseta por el perro "peligroso" que resultó ser Mina. ¡Me hablaron porque la conocen, me conocen! ¡Lo saben!
En cuanto dimos toda la vuelta y por fin se detuvieron el tiempo suficiente para que los alcanzara y recuperara las correas, regresé a mi casa procurando mantener el bajo perfil. ¡Pero ahí estaban! Los trabajadores que lo vieron todo. Pensé escurrirme por la entrada del terreno que lleva al otro terreno que está a un lado de mi casa, de tal forma que no me vieran bajar en la que es mi calle y no pudieran decir de dónde era el delincuente que destruyó el aspersor, pero recordé que a veces hay perros indómitos que se refugian en la cañada y me dio miedo exponer a mis hijos.
¿Lo ven? ¡Es mi tierno corazón de madre!
Ni modo, me regresé por el camino de obligación y en cuanto llegué, antes de quitarles la correas, abrí mi vino tinto y después de un vaso de contenido decente me senté a desvestir a mis hijos y escuchar las quejas de mi madre contra los vecinos de enfrente y sus fiestas.
"¿Qué clase de gente es esta?" Entonaba mi madre muy ofendida porque ocupan el espacio de toda la calle y tienen fiestas salvajes donde los invitados se asoman por el balcón para vomitar en plena calle y orinan en el terreno baldío. "¿Qué no pago mi cuota a los mugrosos colonos?" preguntaba mi madre llena de indignación, mientras yo pensaba con culpa en mi fuga.

Encargada de calle... sí, cómo no. Valiente encargada de calle.

Aquí estoy, paranoica, pensando en el chorro loco de agua que saldrá del aspersor roto y en la cara de las personas cuando descubran los restos elegantemente colocados cerca de una pequeña Palma. 
Se van a dar cuenta en cuanto los prendan y entonces sabrán quién fue el culpable.
No, no debo perder la compostura. Tal vez sólo estoy nerviosa por el premio y es esa la verdadera causa de angustia. He estado intentando enterrarla bajo situaciones estresante que le quiten importancia al hecho de que tendré que ir al aula magna para que me den mi cheque. Dinero, necesito dinero, no puedo seguir viviendo de mi hermana y ya he menguado mi cuenta de forma preocupante. ¿Saben de quién es la culpa? ¡Del Sótano! Yo sólo necesitaba un libro. Uno solo porque de repente me encontré en la necesidad de variar las lecturas deprimentes para leer algo bonito y mantener a raya al abatimiento. Digo, considerando que en el último se acaba todo con la muerte de un adolescente a causa del tifo, quería algo de alegría para variar.
¿Y que pasó? Salgo de ahí con cinco libros que seguramente tendrán un final deprimente porque son las mismas cosas que siempre leo. Bueno, tal vez no, pero qué cara es la vida.

Y precisamente por eso, no planeo ir a ponerme de pechito a la Asociación de Colonos para que me cobren una mugre de esas diez veces más cara de lo que en realidad es. 
Cóbrenle a los pudientes, a mí no.

¿Qué penitencia me pondré ahora? ¿Ayuno? De acuerdo, de todas formas no puedo comer nada decente. Me tomaré mi quetiapina e iré al fabuloso mundo de los sueños.

Cómo sufro... por supuesto, a causa de mi tierno corazón de madre.

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