domingo, 18 de enero de 2015

La llave chismosa

Barba azul
Catherine Breillat
(2009)


¿Han notado que en todas las películas francesas se llega a un punto en que alguien se echa a alguien de la nada, o algo grave y horrendo pasa de madrazo a dos segundos de que se acabe y deje al espectador en shock preguntándose "qué rayos"? ¡Pues Barba azul no es la excepción! Lo divertido es que dos hermanitas simpáticas que leen el cuento sirven de narradoras de las partes complicadas  mientras que pasamos laaargas escenas contemplativas en las que no sabemos qué pasa realmente por la cabeza de la protagonista y el que parece un muy amable Barba azul cuando comparten bonitos y enternecedores momentos. La joven esposa, por supuesto, reflexiona sobre la vanidad del mundo y los saberes que posee su esposo, del que se burla un poco, porque durante la mayor parte de la película, la jovencita diminuta que de hecho no consumará el matrimonio hasta que tenga veinte años es de los más voluntariosa y extrañamente seria. Es raro, pero de nuevo, todo con los franceses es así. 



Hasta que de pronto... ¡Zácatelas, cayó Zacatecas! En cuestión de minutos llegan los mosqueteros de juguete, la hermanita mayor que estaba leyendo el cuento se cae y se muere horriblemente y aparece la esposa de Barba azul contemplando la cabeza de Barba Azul en lo que bien podría ser una pintura renacentista de Salomé y Juan el Bautista.



¡Qué rayos!
No significa que no nos gustara, me gustó que fuera tan lindo y sanguinario como ilustración antigua  del cuento de Perrault, que seguramente es la sofisticación de un cuento popular relatado oralmente durante por siglos previos que a su vez era la forma de preparar a los niños y jóvenes para la vida adulta relatándoles antiguos mitos en fragmentos pero con multitud de ritos de paso y demás cosas parecidas en forma de símbolos que debían entender para sobrevivir la Edad Media. ¡Peste y cristiandad!
 ¡Por eso nos gustan!
Pero lo realmente desconcertante es cuando de la nada, la hermanita mayor que narra el cuento se cae y vemos su pequeño cadáver en el piso.
¡Qué rayos!





Algo ligero para una mañana de domingo.

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