viernes, 2 de enero de 2015

Mi amigo y vecino

Desde que nos mudamos, hace ya unos dos años, supimos que existía un mapache en los alrededores que disfrutaba comer y ensuciar en el tercer piso que todavía no estaba listo. Pasó el tiempo, vinieron constructores, pusieron ventanas, pisos, un jacuzzi que hasta la fecha no sirve porque alguna de nosotras quemamos idiotamente la bomba, y un montón de puertas para asegurarse de que no seamos asesinados en nuestras camas. ¿Qué fue del mapache? Sus antiguos escondrijos habían sido cubiertos con piedra y azulejo, me preguntaba cómo cruzaría hasta la seguridad de los terrenos que se convirtieron en bosques después de que se cancelara el proyecto de construir un club para el fraccionamiento, debido, según mis teorías de la conspiración, a que alguien se clavó los fondos. No es que yo quiera pensar mal de la gente, pero cabe recordar que las puertas del fraccionamiento se tuvieron que pagar dos veces quién sabe por qué razón. ( ¡RATAS!)
Por cierto, ¿sabían que tenemos dos asociaciones de colonos? Hay una rebelde. Cuando nos enteramos pregunté: "¿Y por qué no estamos con los rebeldes?" Resulta que la Asociación rebelde está comandada por un tipo con el que mi papá se peleó hace años. Bueno, ese fue el fin del asunto.

Estaba en el mapache. Me preocupaba por él. Había visto una ardillita feliz, pero nada del mapache, hasta que una noche Fortunato le ladraba al muro. La verdad yo no veía nada en el muro blanco más allá de esos extraños hoyos que hasta la fecha no sé si sirven para darle salida al agua o qué sé yo ( sugerí una gárgola para eso, pero como siempre, mi sugerencia de ambientación fue ignorada). Me senté con él en el frío y la oscuridad tratando de calmarlo hasta que el hoyo se movió y resultó que era el mapache que se aferraba a la pared hecho bolita para escapar de la ira de Fortunato.
Ya pensé las palabras para la "Casa Fortunato": Justos en la furia. ¿Honrados en la furia? No, ser justo siempre es mejor que ser honrado.

El mapache huyó hacia el jardín vecino y desapareció... o eso creímos.

Efectivamente empecé a escribir a las siete de la mañana porque a esa hora me despertaron los ladridos de Fortunato.  Salimos todos a ver qué diablos, y Mina, Luke y Fortunato se dispersaron por el jardín ladrando desde todas las alturas que podían. ¿Qué putas pasa con esta manada de neuróticos? Contándome a mí, claro.

Después de un rato lo vi. Al fin conocí al mapache a plena luz del día. ¡Es tan chiquito! Y tiene una colita tan coqueta. Los vecinos tienen un pequeño techito en la esquina de su jardín donde hacen parrilladas y madres de esas. Ahí estaba el mapache, sentado pacíficamente esperando que Fortunato dejara de acosarlo (los vecinos no tienen perro). Me cayó tan bien que hasta olvidé que podría ser peligroso. ¡Es que era encantador y bonito, hasta lo asustó un pájaro! Aunque para ser justos era un pájaro bastante agresivo. Finalmente metí a los chamacos y llamé a mi hermana para que conociera al mapache hasta que el animalito finalmente se hartó de ser observado y huyó de regreso a las tierras salvajes.

Hace unos días, cuando estaba sentada bajo el árbol que marca la tumba de Rito (tengo que poner una banca ahí), me pregunté si debía hacer algo con los frutos tan coquetos que surgen a montones. Es un cerezo pastelero y de repente pensé que era una lástima que frutos tan bonitos se cayeran y pudrieran sin ser aprovechados, pero ahora que comprobé que el mapache sigue vivo y no ha desaparecido por nuestros proyectos locos de construcción (como esa cisterna secreta que más parece refugio antibombas que otra cosa), quiero pensar que encontrará los frutos del árbol de mi difunto solecito. 

Cada vez que bajo a hablar con Rito recuerdo esa vez que le besé la cabecita después de que regresara del patio y le dije "hueles a sol". No me importa qué tan muerto esté. Rito es mi sol y el sol es el que me huele a Rito.

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