lunes, 19 de enero de 2015

No siempre me quejo

Quiero utilizar este espacio, que afortunadamente nadie lee, para agradecerle a la señora con la que me tocó compartir el carril hoy.

Mi muy estimada señora:

Por lo general detesto a la gente que hace ejercicio y me detesto un poco más por hacerlos yo, pero en mi defensa le diré que tomo quetiapina y otro antidepresivo cuyo nombre no recuerdo y debo controlar mi peso para no terminar viéndome como la mamá de Honey Boo Boo, pero usted me ha resultado una compañera de carril de los más agradable. Gracias por ser discreta, gracias por no hablar más allá de las necesarias cortesías con una extraña y gracias por ayudarme a pasar mis chanclas mordidas (sí, nos andalias) de un carril a otro. Ha sido usted encantadora y agradable.  Ahora sólo me gustaría que todas las señoras fueran como usted. 
Uno quisiera sentarse en el vapor a pensar en cosas importantes como qué pasará en la siguiente temporada de Vikingos o cuál es el verdadero motivo de seguir cargando con este peso muerto que es nuestra vida, aparte de no dejar solos a los perros, pero hay veces en que la cháchara de los vecinos lo impiden por completo y tenemos que escuchar los planes de todas las cinco señoras que deciden abrir la puerta una y otra vez para saludar a una encuerada que está tirada sobre uno de los escalones. 

Gracias, gracias por no ser así.

Queda muy suya

La nadadora de la gorra rosa y las chanclas mordidas

2 comentarios:

  1. Es poca la gente decente y valiosa que se puede encontrar en este mundo jajaja

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  2. Muy poca, tanto que a veces me gustaría llevar regalos para la amabilidad de las personas, sería cosa de comprar uno cada seis meses. Así de escasos son. Hola don Fulgencio! Me da mucho gusto saludarlo. La manada también le manda recuerdos.

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