domingo, 15 de febrero de 2015

Feliz día

Sí, otro día de San Valentin. Noté que algo pasaba cuando regresaba de la hemeroteca hace un par de días y vi un camión lleno de globos y peluches.
¡Carajo!

No voy a negar que de repente me siento incómoda, supongo que me faltó algo en la formación. Ustedes saben, las experiencias juveniles-románticas donde todo parece una copia chafa de Twilight, o una especie de montaje nostálgico donde se rememora la juventud y la amistad como reemplazo para la decepcionante vida familiar. Pero en el fondo, creo que mantenía cierta perspectiva sobre el futuro, si no para mí, al menos para los demás. Quería que todos a mi alrededor fueran felices, pero como suele pasar con las esperanzas, todas fueron aplastadas de forma rápida y expedita. Ahora veo a mis amigas como personas, con la vida hecha y no puedo evitar insertarlas en un personaje que se encuentra con otro personaje en algún libro que sin importar cómo termine, es infinitamente  más interesante que sus actuales maridos. Una eterna trama de telenovela que nunca llega a fin. Las personas dejan de ser quienes son y se convierten en alguien más divertido y cambiante. ¡Fuera tedio! Es que la gente no se empareja como debería. Si yo fuera una casamentera, el mundo sería mejor. Pero, por desgracia, esas prácticas han quedado relegadas.

Creo que fue el viernes que pasé por mi antigua primaria. En una revisión rápida descubrí que efectivamente no había forma de escapar. Soporté muchos recreos parada en la bardita pensando en cómo podría escalar y huir, pero nunca he sido aventurera. Era extremadamente infeliz, pero no era aventurera. Vi una monja parada en la banqueta, esperando cruzar, y la rebasé para evitar que pasara (Not on my watch, bitch!). Después tiré la colilla del cigarro y sentí que al menos había escapado. No gané nada, pero escapé.
Es como salir vivo de una batalla, aunque ésta se haya perdido. Francisco I, diría "se ha perdido todo, menos el honor". Como debe ser.

Mis ex-compañeritas de primaria publicaron miles de fotos de los regalos nacos que les hacen sus esposos y yo paso mi día con el libro que compré a ciegas en la Gandhi. Fue un detalle encantador tentarnos con libros envueltos que podrían ser cualquier cosa.
Muy temprano en la mañana, después de sufrir un profundo malestar cuando vi una foto de Jon y Arya en Facebook (ojalá no lo reviva Melisandre, como todos creen, y esté bien muerto. Cualquier cosa antes de verlo emparejado con Arya. ¡Cualquier cosa!), abrí mi libro misterioso y descubrí que era El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera.

Ayer en la mañana, cuando terminaba el tercer cuento pensé: "Esta gente sí que tiene problemas". Es lo mismo que se me ocurre cuando estoy trascribiendo el libro de mi doctora sobre bipolaridad. Quisiera creer, pero el mundo insiste en masacrar las reglas de Jane Austen. Ahora tengo que manejar el final de toda esperanza sobre Arya y Gendry porque sé que se acabó. ¡La puta carta terminó con todo! Si tan sólo pudiera regresar a la certidumbre de Austenismo, pero creo que la amargura me alcanzó.
Y sin embargo,.. las personas siguen adelante, trabajan, viven, salen, etc. La otra vez vimos el caso de una señora que mató al perro de su marido para vengarse cuando le pidió el divorcio.
Extrañamente, pasar el 30° día de San Valetin en compañía de mis perros y el señor Kundera fue muy agradable. Lo bueno de pasar la temida etapa decisiva entre los 27 y los 30, es que puedes respirar tranquila y perder en la curva los ojos que te siguen a toda velocidad para recordarte que "se te va el tren". "Ja, los perdí, idiotas, no pueden alcanzarme", dar la vuelta en U de forma violenta y refugiarse en una calle cuya salida sólo uno conoce.
Muy a pesar, debo admitir que el asunto me hacía sentir mal cuando estaba en secundaria. Era un recordatorio de lo que diferente que se era a las demás, y entre los 13 y 15 años lo único que quieres es ser parecido a los demás, por imposible que sea.  El único día de la amistad que alguna vez seudo-festejé fue un intercambio con la Mrs. Weston y Jane en primero de prepa. Me atoraron gachamente con llevar "algo muy especial", compré regalos al azar en Sanborns para que al llegar a la escuela, sentadas todas en las bancas de hasta atrás del salón que le robamos a un pendejo, Jane me diera una tarjeta sin nada escrito adentro... y nada más. Mrs. Weston se había comido mi chocolate y la Gollum dijo que no encontró globos. Fue decepcionante. Nunca había tenido amigas así, del tipo de grupo de féminas que se pintan las uñas y hablan de "hombres" universitarios, tan maduros e interesantes a sus 20 años. Tan lejanos y deseables como puede imaginarlos una adolescente de suburbio atrapada en escuela religiosa.
Salí de la escuela con las manos vacías y el curioso día no se volvió a mencionar. Y así pasaron los años. Al menos, al salir de la escuela, la neutralidad universitaria dejó en el olvido esas costumbres escolares bárbaras donde se pone a las jovencitas en situaciones bochornosas cuando no se es sexualmente atractiva y extrovertida. Al pendejo que le tocaba darme algo en el intercambio (si es que era obligatorio y/o me veía obligada a ir) se acercaba con una mueca de disgusto y me aventaba el chocolate o la rosa reglamentaria para evitar verse contaminado por mi impopularidad. En secundaria era más grave porque no tenía ni una amiga, Mrs. Palmer jamás se ha contado como amiga, si acaso era una aspiradora de esfuerzo emocional. Si yo soy needy y egoísta no tienen idea de los extremos a los que llegaba esa mujer. Una vez quemé accidentalmente un olla en la cocina. El fuego se extendió hasta la campana y dejó el techo cubierto de hollín. Sobra decir que mi papá estaba muy enojado, mi mamá estaba completamente perdida en su propio mundo y mi hermana me abrazo y limpió el humo. Debí apreciarla más en esa época, pero creo que en el fondo le tenía rencor por estar tan ocupada con su fulgurante vida universitaria. Me sentía hecha a un lado por esos amigos elegantes, sofisticados y... ¡populares! Ese tipo de amargura es cabrona, termina convirtiéndose en desagrado por el causante del malestar. Recurrí a la Sra. Palmer para calmar la mortificación que me consumía cuando nos encontramos de nuevo, al siguiente día, en la fila escolar de todas las mañanas, escuchando el último mensaje del hermano director. ¿Saben qué me dijo? Que nada podía ser tan importante cuando Britney había tenido un accidente con unas luces. Y salió corriendo despavorida y muerta de la preocupación.
Sí, adivinaron, Mrs. Palmer era una fan desaforada de Britney. Hasta tenía un fotomontaje enmarcado en su cuarto. ¿Por qué me rodeo de gente tan disfuncional? Supongo que el momento lo acepte. Suponía que así funcionaban los amigos, desconfianza, caminar sobre cáscaras de huevo, y asentir hasta estar seguros de que la sensación de estar fingiendo y soportando mamadas sin necesidad era la forma natural de la amistad. Tal vez tenía razón.
Claro, Mrs. Palmer siempre estaba enojada conmigo por algo. Como regla general me dejaba de hablar en los recreos, pero siendo yo la niña rara que no habla y/o habla sola y ella la niña con lentes y problemas de obesidad, eramos aliadas naturales. Eramos amigas porque así funcionan las leyes de la naturaleza, pero entonces yo decía algo "pesimista" y ella salía corriendo para no tener que hablarme.
Lo peor de todo, es que a veces me siento culpable por no ser una verdadera y buena amiga con ella. En verdad aprecio y valoro  la resistencia de su aprecio por mi recuerdo, no por mí, sino por el bastón idiota que hizo todo lo posible para mejorar su vida quién sabe por qué clase de carencias emocionales propias. De cualquier forma, si me siento sola, si necesito compañía o sólo debo respirar, sé que no se negará a verme y comer algo en la sección de comida rápida de algún centro comercial. Lo aprecio. Aparte de la conveniencia de tener compañero en el autobus cuando había excursión. Ir sentado con la maestra era horrendo.

Y sin embargo, cuando pasaba por mi primaria y comprobaba que no había forma de escapar, me llamó la atención el colorido de los arbolitos y alegres buganvilias y lavandas que ahora adornan los balcones. ¿En mi época la escuela estaba pintada de gris o de beige o yo la recuerdo así quién sabe por qué razón? Me desconcertó que todo se viera tan adornadito y alegre, cuando a veces todavía tengo pesadilla sobre la gigantesca escalera mortal que había que usar para regresar a los salones del tercer piso. Tal vez por eso le tengo miedo a las alturas, era una pesadilla subir esas escaleras, sin contar con que a la llegada de los pocos niños que se atrevieron (o fueron obligados) a entrar una escuela de niñas, las pobres idiotas que no estábamos acostumbrados a ellos, descubrimos la necesidad de usar shorts abajo del uniforme para evitar esa costumbre que los idiotas tenían de pararse bajo la escalera para espiar bajo las faldas que subían los escalones.
Así es, San Valentín está asociado a todo lo que está mal con las escuelas. Es una maldición escolar que nunca se muere. Creo que fue hasta que dejé la universidad y pasé por la etapa más feliz de mi extraña existencia, el archivo, que dejé de sentir esa angustia pre-valentín, asociadas a las miradas de burla-reprobación que sufríamos las alumnas que nunca recibían ningún regalo, carta, dulce, globo o recado en la famosa costumbre de los buzones secretos.
Por un tiempo creí que era castigo divino por haber consumido una kermese entera en primaria a dedicar canciones y cartas a las niñas que me caían mal. Cuando escuché cómo anunciaban por el altavoz que la siguiente canción iba a dedicada a alguna de las pendejas que me maltrataban por no tener amigas y leer "libritos" de parte de"un admirador secreto", que inmediatamente se creían que era el niño que amaban no tan secretamente, me reí tanto que creí que iba a llorar.
En mi defensa diré que Miss Crawford tomó parte del asunto, aunque ella eventualmente se enojó conmigo por seguir mandando cartas y no dudó en soltar la sopa cuando la chica hombruna de la clase, esa que se llevaba con niños y por eso se creía muy mala, adivinó de alguna forma que había sido yo. Esa niña era grande, pudo haberme pateado el trasero. Afortunadamente el asunto se olvidó pronto y como había forjado un efímera reputación como "la chistosita" de la escuela (al menos hasta que las monjas me quitaron esa vena de comediante a punta de mentadas de madre y reprimendas en la oficina de la Madre Esther), supongo que lo dejaron pasar como una más de mis boberías.

Sí, esa niña se llamaba Pamela. Era muy alta y fuerte, jugaba futbol. ¡Puse mi vida en riesgo!

Tal vez la efusión por 50 Sombras de Grey es otro castigo para todas las mujeres que hemos caído en el error de sentirnos más chidas que las demás. Estaba viendo la alegría de toooodas mis ex-compañeritas casadas, y hasta mi prima, por la bendita película, que por cierto dice mi hermana que es muy mala, y si consideramos que el libro ya era insufrible (sí, por tedioso), no me quiero imaginar qué tan mala está la película mala de un libro que no era malo, sino malísimo. De cualquier forma, al parecer fue la "cita" de Valentín de todas mis ex-compañeritas casadas. En esa queja estaba cuando recordé mi angustia por el futuro de Gendry y me sentí ligeramente avergonzada por el manojo de emociones que traigo atorado en el estómago para estar pensando si lo van a matar, si terminará con la idiota de Jeyne... o si lo van a matar en el programa aunque no haya muerto en el libro. ¡Es que lo podrían matar! Y pensé "Soy una solterona patética sufriendo por la suerte de un bastardo adolescente  malhumorado y ficticio", pero entonces recordé que si fuera fanática de las 50 sombras de Grey y estuviera casada, entonces sería peor. Porque al menos yo no tengo nada que un montón de periódicos microfilmados, sesiones de terapia, un gimnasio que odio, y mis obsesiones para entretenerme. Tengo suficiente tiempo libre para dedicarle horas a la copia y revisión de las profecías de una serie de ficción. Pero si las mujeres que tienen un marido, que está obligado moral y legalmente a cumplir con "el débito conyugal" disfrutaron tanto un FanFic adaptado de Twilight con algunos toques de sado-masoquismo, ellas deben estar sufriendo más que yo. Yo no tengo absolutamente nada que se asemeje a una relación interpersonal, ya ni siquiera me alegra tanto ver pasar al pasea perros, en todo caso, supongo que mi admiración por la espalda de Joe Dempsie o todo lo involucrado con el Dr. Spencer Reid podría contar, aunque no haya nada que no esté involucrado con la ficción. Pero las mujeres casadas y/o emparejadas tienen a sus maridos a un lado. Honestamente, el que las 50 sombras haya roto de taquilla en México habla muy mal del desempeño marital de los hombres mexicanos. ¡Señores, atiendan a sus esposas, no les peguen, claro, pero sáquenlas a pasear, necesitan romance!

Y precisamente por todas esas razones, la antigua costumbre de recurrir a las casamenteras para decidir los enlaces debería ponerse en uso otra vez, y por supuesto, el trabajo debería ser mío. Las mujeres no saben elegir al padre de sus hijos. Yo sí que sabría hacer parejas. Si Miss Crawford se hubiera casado con el sujeto que Jane considera que era el más guapo del colegio, aunque ya esté panzón y soso, serían más felices. Hubo oportunidad, coincidieron en el transporte que iba a su universidad/preparatoria algunas veces. Él tendría una esposa trofeo y ella tendría dinero. ¡Todo sería mejor!

El mundo está roto, pero nadie parece notarlo.




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