lunes, 16 de febrero de 2015

Soy peor madre que Joan Crawford

Hace un par de días noté que Fortunato se lamía mucho la patita. Lo revisé y vi que tenía una especie de nudo atorado entre los dedos, no sé si llamarles dedos, porque no son los cojines. Por si las dudas le puse agua oxigenada, vitacilina y seguía adelante con la rutina como si nada. Claro, hasta que hoy llegué de hemeroteca y cuando revisé su patita descubrí que se había abierto horrendamente.
No es que yo esté loca, pero entré en pánico. Sí, ya sé que "es sólo un perro", pero supongo que intentar explicar la diferencia no tiene sentido. 

Salí corriendo al veterinario y cuando le cortaron el pelo y vi lo que había abajo casi me puse a llorar. Tiene un absceso gigantesco. ¡Es un hoyo, un puto hoyo! Completamente morado y lo que creí que era pelo resultó ser pus. Toda su patita. Roja y morada. El pobre había estado adolorido y yo no hice caso.  Como si no me hubiera puesto bastante histérica de repente perdí el control de esos pequeños detalles que componen las medidas básicas de existencia para todo lo que me rodea, se me olvidó tomarme el medicamento, me dolía el estómago, no recuerdo si comí, no encontraba mi puta cartera, con todo y las tarjetas y licencia permanente, que era lo que más me angustiaba... y sobre todo, tenía que evitar que Fortunato se lamiera. Estaba atascándome de cuellos Isabelinos y la dichosa "dona" esa que le pusieron para que no se lamiera (que al final ni sirvió y tuve que salir a buscar otra) cuando la señora veterinaria, que no me ubicaba bien, me preguntó si no tenía un cuello de esos guardado... "¿no eras tú la del perro cieguito?". Efectivamente, hacia el final Rito se quedó ciego, pero como en cuestión de cinco días pasó por todas las etapas horrendas de la enfermedad ni siquiera llegué a ponerle cuello isabelino... contaba con que los estudios me dieran una esperanza. Ya sabemos qué pasó. 
Todavía aguanté regularmente compuesta una hora. Cuando la "dona" no sirvió fui por el cuello Isabelino, no me molesté en pasar más de cinco minutos en +Kota explicándole a la estúpidade la empleada el tamaño de un perro mestizo que me llega arriba de la rodilla (¿y esos cómo son? ¿Pendeja!). Compré los dos que encontré ahí, a ver cuál funcionaba, y en cuanto metí a Fortunato a dormir el malestar de la inyección a su casa, regañé a Mina por ser una grosera cuando tengo que llevar al otro al veterinario y me lavé la cara, me pegó de madrazo lo fácil que se puede desgraciar lo que amamos... Me refiero a Rito, el perrito callejerito. 
Ya sé que parece una exageración, pero el comentario sobre "el perro cieguito", me cayó como putazo en la cara. Rito no tenía síntomas, si lo llevé al veterinario como histérica por meses fue porque lo notaba decaído. Sabía que estaba enfermo y estuve chingue y jode para que me dijeran algo como "sí, tiene tal problema, pero lo medicaremos y vivirá, al menos dos años más". No esperaba Cáncer. ¡Nadie espera eso! Todavía cuando llegaron los primeros resultados de sus análisis y los primeros veterinarios idiotas me dijeron que por los niveles hepáticos podía ser cáncer o una infección, mi reacción fue tan obvia que luego me avergoncé de haber hecho ese espectáculo. Tal vez no fue muy grave, pero tengo una de esas caras que no son buenas disimulando. Pelé los ojos y luego se me llenaron de lágrimas. Uno de esos momentos en que se respira para obligar a la humedad a que se reabsorba en las pupilas y te aclaras la garganta para que no se te quiebre la voz.
Pero me dijeron que no me preocupara. Lo palparon, lo revisaron como en cinco ocasiones diferentes y lo trataron para infección.
Seis meses, le pegó la enfermedad con toda virulencia y lo puse a dormir.
A veces (o sea, diario), me pregunto, aunque yo sepa que es cierto, si mi negación fue lo que convenció a los veterinarios idiotas para no seguir examinando la posibilidad del cáncer que luego resultó ser. A veces siento la cabecita peluda de Rito en la palma de la mano. Su cráneo tenía una particularidad, una pequeña protuberancia rara en la parte superior derecha, mitad protuberancia y mitad hendidura, probable souvenir de su vida de callejerito.  Cada vez que acaricio a un perro busco la protuberancia para ver si todos la tienen. Todos tienen alguna pero suele ser en el centro o en algún otro lugar.

"El perrito ciego". Sí, en cuestión de cinco días dejó de comer, perdió el control de las patitas, se golpeaba la cabeza contra la pared y después perdió la vista. El último día, echada en la cama con su cabecita en el cuello empezó a llorar. No podía respirar y lloraba. 

Lo envolví en mis sábanas y lo llevé al veterinario. Cuando llegué me dijeron que llegaron los estudios y era cáncer...metástasis total.

¡En cuestión de cinco días! Un síntomas sencillo como estar decaído terminó en cáncer sin esperanza en cuestión de cinco días. Se lo llevó todo en cinco días. 

Ya sé que sólo es un absceso, que le trataremos la infección, y que lo peor que podría pasar, si la cago (como acostumbro) y me descuido es que la infección se extienda y pierda la patita. ¡Ya lo sé!
Pero por alguna razón me pasé hora y media llorando escondida en el baño... pero a berrido suelto.

¡No sé! Sólo colapsé.

Soy una ama-perros cursi.

En el lado positivo... no olvídenlo, no estoy de humor para buscarle lados positivos a una chingada. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario