viernes, 2 de octubre de 2015

El síndrome del oso

Oh Dios. Mi vecino de oficina de repente pone música en las tardes cuando no hay nadie. ¿Julio Iglesias? Señor, si en algo te he ofendido con el castigo me sales debiendo.  Ahora me tocó una canción ochentera que dice algo sobre un acosador, de repente cruza a mi oficina a cantar una estrofa y se me acerca demasiado. Esos momentos en los que por cortesía debo olvidar que soy una persona que aprecia enormemente su espacio vital. "Está usted demasiado cerca de mi cara, Señor, le suplico que se retire ahora, antes de terminar la estrofa o me veré obligada a atacarlo con mi taza de café, lo que me dolería enormemente porque tiene un coqueto lobo huargo que está difícil de conseguir".

Hace un par de semanas Ser Café me preguntó si le tengo fobia a que me toque. No se lo pude negar. Cuando le pregunté cómo lo notó —recordemos que por aquí todo mundo me abraza en exceso— dijo que me pongo tiesa cuando me abrazan. ¿O sea que fue tema de conversación de oficina cuando llegué? Oh sí, a Miss. A. Elliot no le gusta que la toquen. Es verdad y no me avergüenzo de eso.
Lo difícil es que la Sra. Smith me trata como si fuera un osito cariñosito abrazable. Creo que ese es un problema de las personas que aman los peluches, se vuelven aficionadas a abrazar. 

Yo nunca fui fan de los muñecos de peluche. Tuve uno, Charlie y lo utilizaba para esconder cosas. Tenía un hoyo en la parte de atrás de la cabeza donde podía meter dinero y demás porquerías. ¡No lo abrazaba! Abrazo a mis perros, a mi hermana y a mí mamá, a veces como parte del saludo, pero no por deporte. 
¡Espacio vital, deténgase!

Lars me entiende. Busqué la escena pero no lo encontré. Para más información véase Lars and the real girl

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