miércoles, 11 de noviembre de 2015

Se escondió en el bote de basura

Empiezo a creer que este lugar es mágico. Te puede llevar de la esperanza a los impulsos suicidas en menos de tres horas. 
Ayer, después de escribirle a Mrs. Boss con la esperanza de que le importara la cosa de duelo y lepra que escribí, ya que a nadie más le importa, obviamente, me dijo que sí y me dio cita para mañana. Pedí el día desde el lunes y aunque parece que mañana habrá junta para indicarnos que la haremos de choferes y edecanes en el futuro congreso que trae vueltos locos a todos por aquí, tengo toda la intención de largarme el día entero y que me valga madres. Perdón, perdí el hilo. Al llegar a mi casa mi mamá me dijo que Mrs. Boss había hablado y el escucharla  después de mucho tiempo, aunque sólo fuera para cambiar la hora por la tarde en lugar de la mañana, me puso de un humor tan extraordinario que había olvidado que existía. 
No sé cómo explicarles qué se sentía. ¿Triunfo? No sé. Recibir una lista de cosas, años, revistas, periódicos, noticias, documentos o folletos perdidos que podrían estar perdidos en cualquier lado o haber desaparecido, pero entonces, en el colmo de la autosatisfacción: ¡Chan Chan! Salía yo del archivo y/o biblioteca con mis copias y transcripciones sintiéndome más sagaz que Sherlock Holmes. ¡Lo encontré, lo encontré! Me tomó horas y varios paquetes de halls para no marearme con la maquinita setentera de la hemeroteca o un dolor de espalda producto de la falta de atriles en las mesas de algún archivo gubernamental, ¡pero lo encontré! 
La revisión y aprobación de Mrs. Boss. 
Pero si vamos a ponernos melancólicos, mejor vámonos más atrás. Primero, necesito que piensen en la mañana, esas mañanas de otoño que son frías y húmedas, cuando el humo de cigarro sabe mejor de camino al palacio, con Between two lungs de Florence + the machine de fondo. Guantes y sombrero. No puedo usar esas cosas aquí. 

Recordé mis cajas de expedientes, mi bata y guantes de latex, al señor decimonónico que se sentaba en el archivo semivacío con Mr. Mendoza y yo diciendo "Slow, Jimenita, slow, andas poniendo desorden". Las palomas que se paraban en las escaleras y el estanque que se formaba durante época de lluvias en el jardincito hundido afuera de las puertas de madera del archivo. Escribía sobre doñas, veía a Fanny frente a la catedral y comíamos sandwiches del Oxxo. Recuerdo que en esa época hablábamos de cómo Jane floreció en la Esmeralda y yo florecí en el archivo. 

Los recuerdos tienen sabores raros.

Todavía hoy en la mañana llegué feliz, canté un poco, fui por un jugo, platiqué con doña Yola, la señora de la limpieza que afortunadamente Mrs. Smith no me pudo robar hoy (toma eso) y me puse al día en mis foros. 
Todo iba bien hasta que el humor comenzó a decaer lenta e imperceptiblemente. No sé cómo, pero de repente volví a sentirme igual que días antes y si no fuera porque temo que me vean, me echaría a llorar.  No sé si ya le agarré tirria, como diría mi madre, o que el efecto de que te recuerden y aprecien fuera sofocado de nuevo por esta actitud de condescendencia donde sólo estoy aquí "por obvias razones", como dijo Pepe Lepú. La completa falta de fe o interés de Ser Café en el trabajo del agua que le mandé y del que no me ha dicho nada, igual que no dijo nada mi jefe antes de convertir mis 60 páginas de investigación en papel de borrador, pudo haber contribuido al desánimo. La falta de Miss Lil o la ventana que da al muro blanco. Cualquiera de esos factores podrían ser los culpables. Me duele la espalda de no hacer nada, pero me siento vigilada y expuesta. 

Las luces de neón me están matando. Veo el portaretrato con las fotos de mis hijos, sí, también Goofy y Rito, la maceta de perrito dorado y la muñequita de la reina Cersei. Podría colgar cortinas de terciopelo y seguiría sin lograr mejorar este lugar. Será que las paredes se impregnan y si hay alguien por la que no dan un peso por aquí soy yo. Tengo un talento, uno solo: pedirle favores a mi papá.
Pero supongo que el desempleo no era mejor, aunque no tenía tantos gastos. ¿Ven? Hago esto por dinero, pero debo pagar contador, cuenta de ahorros, ropa, comida, gasolina y demás mamadas para sostenerme en esta situación que se supone que sólo me da dinero, porque si hay una forma rápida de ver morir la autoestima es meterse en un lugar en donde los primeros días te preguntaron:
— ¿Qué eres?
— Historiadora.
— ¿Y eso qué es?

...
Ahí se los dejo para que lo asimilen. ¿Quieren que les cuente ese montón de cosas que a nadie le importan? Resulta que lo de hoy son las relaciones públicas, administración y lambisconería. 

A lo mejor ya nomás odio todo. Lo extraño, es que cuando estaba en el archivo, también tenía mis días depresivos, pero entonces me metía a la Iglesia de Santo Domingo, a la Catedral o iba a la tienda hindú. Caminaba, fumaba, escuchaba conversaciones casuales y repartía las monedas de diez pesos que me guardaba mi mamá para las limosnas. Aunque estuviera triste porque basicamente carezco de la cuota mínima de amigos, (la Sra. Weston ya tuvo la amabilidad de pedirme que le confirme un día entre el 23 y el 26 de noviembre para celebrar mi cumpleaños porque está muy ocupada y tiene que anotarlo en su agenda. Nota: cumplo el 15) y ya me hice a la idea de que formar mi propia familia se quedará como la fantasía de niña chiquita que es, siempre podía caminar por el centro y sentarme en las escaleras del teatro de la ciudad con un café del Seven Eleven para sentirme útil aunque fuera unas cuatro horas y pensar: al menos hago bien mi chamba.

Ya no hago bien mi chamba. Ni siquiera sé cuál es mi chamba. ¿Tengo una? Este lugar se ha esforzado en echármelo en cara. Soy una huevona, nunca hago nada, no sé nada de ciencias políticas o administración pública, ergo, no podría ser más ignorante.  ¿Qué debería hacer? Nunca se acuerdan de mí y creo que me han pedido tres cosas en los ocho meses que llevo aquí y una fue una labor de casi seis meses de la que me informaron diez minutos antes de irme un jueves  para entregarse al medio día del viernes. Lo hice, igual que hice lo demás. Si las hice bien o no, quién sabe. Nadie me dijo nada. 
Ni siquiera sé cuál es mi chamba, cuando la tengo, y cuando eso pasa me piden las cosas de forma confusa y urgente que después se olvidan y nada más me atormento pensando en todos los cabos sueltos que quedaron. No le pidan a una desgraciada con TOC que entregue algo sin instrucciones precisas y el tiempo suficiente para revisarlo tres veces.

Tres veces.
Tres tazas de té. Cuadros colgados en grupos de tres o de cinco. No soporto los números pares, no me hagan sufrirlos, por favor.  

Pero tengo trabajo. Me pagan. Tengo dinero. Bueno, me pagan. ¿Por qué estoy tan amargada y frustrada?

Amargura, amargura, amargura.

¿Saben por qué no he sacado una tarjeta de crédito? Porque en el fondo no me creo que esto dure. Lo siento temporal, amenazador y cuando me corran me quedaría con el problema de la tarjeta. Ya entregué recibos hasta diciembre, así que al menos es seguro que me quedo hasta vacaciones, ya después... quién sabe.

Amargura, amargura, amargura.


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