viernes, 15 de enero de 2016

¡Ay, corazón, cómo me dueles!

Hice una estupidez. Ay, mi querido lector, ahora sí hice una estupidez.
¿En qué estoy pensando? Le diré: No estoy pensando.

Me siento como uno de esos ratoncitos de laboratorio (como mi difunto Monet Morococó) que tratando de escapar de una mano se cae en otro hoyo y así sucesivamente. Estoy desesperada por salir de aquí pero no encontraba ninguna salida honorable que me lo permitiera. ¿Qué hacer?
Aceptémoslo, no voy a casarme, que sería lo mejor, aunque el matrimonio de mis amigas me haya comprobado que el casarse es un boleto directo hacia la pobreza, al menos se trata de una tarea noble. Eso necesitaba pero no se me ocurría nada. ¿Cómo escapar sin decepcionar a mi padre?
¡La maestría!
El problema es que el proyecto que mandé era una mamada, la carta de motivos estaba peor y ni siquiera sé si completé el trámite decentemente o cargué los documentos correctos. No sé cómo le hice, ni qué puse. Sólo iba improvisando un paso a la vez. Extrañamente, se me hizo más rápido y menos abrumador que de costumbre, tal vez porque la opción era salir al pasillo y arriesgarme a ser atacada por la Sra. Elton, que encima de todo le fue a enseñar mi oficio a Liberace, el de la Secretaría de arriba que nos odia, lo que no puede ser bueno. ¿Por qué tengo que vivir teniéndole miedo a burócratas por los que en cualquier otra circunstancia no daría ni un peso? ¿Los respeto? ¡No! ¿Quiero convivir con ellos? Hell, no!

No sé qué diablos estoy haciendo. Es difícil concentrarse en este espacio de reclusión macabro que por más que adorne no termina de resultar acogedor. Ni si quiera los juguetes, el pizarron con las frases de Jane Austen o el oleo de la sirenita ayudan.

Oh, Dios...
Ahora, no sé si me da miedo que me acepten o no me acepten. Por un lado, si ni siquiera consigo fecha de examen, al menos le probaría a mis padres que lo mío es falta de capacidad, no de voluntad. Ya sabe usted, no me importa que piensen que soy idiota, lo que no soportaría es que piensen que soy floja, eso sí que no. 
La posibilidad más aterradora es que de alguna forma termine de regreso en la Facultad a la que juré no regresar. ¿En serio? No creo que pueda, los últimos semestres casi acaban conmigo. No quiero regresar a esa vorágine de abuso de bebidas espirituosas, fobia social, angustia y self loathing, pero no se me ocurrió otra cosa.
No quiero estar aquí pero no quiero estar allá. Como diría el chaparrito, "no mihallo".

Ahora sólo me queda esperar. En el mejor de los casos me batean de todos los recursos de emergencia que me he inventado para escapar de este lugar y rescatar lo poco que me queda de alma, en el peor de los casos me los tengo que echar todos, hasta las ponencias que representan mi peor miedo (hablar en público). No sé si haya un término medio. Me duele la espalda y me siento extrañamente agotada. 
Es que tiene que haber otra opción, pero no veo ninguna.


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