viernes, 8 de enero de 2016

Clips

Intentaba mantenerme ocupada para superar el berrinche que hice con la majadería de la Sra. Elton cuando me puse a escanear documentos que según yo podría necesitar después... digo, ya había sufrido suficiente.
No sé si fue el agotamiento, el estrés o el asco que me provoca esa arribista insignificante, pero cuando le quité el clip a unas hojas vi la marca de óxido y casi me puse a chillar. Verá usted, cuando hacía el servicio social, ya saben, esa breve etapa en mi vida en la que tuve periodos en los que sinceramente me creí feliz (con todo y que empezaba a hacer las pases con mi predestinada soltería perpetua), el señor Javier, del archivo, siempre me regalaba los clips que le iba quitando a los documentos, casi todos del siglo XIX, que aunque usted no lo crea tenían formas coquetísimas, especialmente los del tiempo de don Porfirio, porque los clips manchaban de óxido los documentos. "Mira, pequeñas antigüedades" y así coleccioné una pequeña cantidad que actualmente están guardados en un pastillero que compré en el bazar de antigüedades que había en Álvaro Obregón por las mismas fechas. 

Estaba en eso cuando pensé en las cosas que extraño:

El calor del pelo de Rito sobre mi estómago cuando despierto.
Extraño su respiración. 
La sensación de papel antiguo y amarillento.
El terror de ver un fragmento de papel desprenderse de las orillas.
El olor a bisquets recién horneados al entrar al metro Cuatro Caminos.
El aire frío con olor a fritangas de la mañana en la calle de Brasil.
A Fanny.
Escribir cartas.
Adivinar la hora por los gritos de la señora que pasaba enfrente del Museo todos los días insultando a los impresores de Santo Domingo, como relojito.
El maniquí que algún día cobraría vida y escaparía del aparador de una de la tienda de trajes y casimires en la calle de Brasil para tomarme en sus brazos y huir hacia el horizonte.
Caminar al Oxxo usando una bata.
El jardín interior que se inundaba en época de lluvias y parecía una pequeña laguna privada para mi disfrute particular.
Recibir instrucciones y correcciones. 
Entregar papeletas y sentir un ligero temblor en las rodillas cuando debía subirme a la escalera para sacar uno de los legajos de la última estantería.
Al doctor que todos los días, entre la una y media y las dos de la tarde, entraba al archivo, revisaba los ficheros, escribía un par de notas y después salía a fumar exactamente dos cigarros Camel apoyado en el barandal, sin decir una sola palabra y siempre con el mismos saco de tweed.
Peinarme.
Firmar como Miss A. Elliot.
Pensar que cualquier cosa podía pasar.
Imaginar la existencia de personas en mi cabeza.
El polvo de los legajos.
Usar guantes.
Usar sombrero.
Saltar del camión y caminar dos cuadras hasta mi casa.
Sentirme joven.

Tal vez se me agotaban las cosas qué extrañar cuando una bolsa de basura voló frente a la ventana de mi oficina, que como ya les he dicho da a un muro blanco. Es lo más bonito que me ha pasado en estos días, eso y unos aretes fabulosos que me compró mi madre. Las penas con pan son menos.
Ahora sólo debo sobrevivir el día de hoy. 
Ya después podré atesorar las pocas alegrías que actualmente me procuro, esos pedacitos de felicidad que aunque pocos en el día, ahí están. Por la noche, me recibirán mis hijos, me acurrucaré con Fortunato en su casita hasta que el viento me congele los pies, después le leeré poesía en voz alta a Mina y Luke, de preferencia con sus cuerpecitos sobre mis pies, tal vez me bañe y me quede sentada bajo la regadera hasta que me deje de doler la espalda y todo huela a gel corporal de coco. Con suerte habrá una película de terror. ¿Después? ¿Dormir? Quisiera evitarlo, he tenido unas pesadillas horrendas, ayer soñé que Fortunato era atacado por un perro gigantesco que le arrancaba un pedazo del cuello. Lloraba horriblemente y yo me ponía a gritar que alguien lo matara para que dejara de sufrir. Entonces la dueña del perro le disparaba tres veces en la cabeza. Desperté sudando como a la una de la mañana y fui por una botella de agua. Fortunato estaba dormido con mi hermana pero la angustia seguía ahí. Me volví a dormir y soñé que dejaba de fumar porque estaba embarazada. No, dormir no es una opción.
Caray... tiene qué haber algo más.
¿Qué me gusta de este lugar? Tiene qué haber algo. Disfruto de la compañía de Miss L* y Ser Café, pero la primera se fue a otro lugar y ya sólo me queda Ser Café para platicar. Si mi vecino, Monsieur LeGrand me vuelve a grillar durante más de hora y media como ayer, no sé qué pase con mis nervios. Tal vez llore y corra.
La verdad es que este campus nunca me ha gustado mucho y sólo me trae recuerdos del fin de una época feliz, o al menos de la decadencia, lo que necesariamente tiene un sabor amargo. Ver la estatua frente a la biblioteca, la superficie de las bardas y los jardines me causa pesar. No siento nada especial por las cafeterías, me da flojera caminar hasta cualquiera de ellas. Hasta puedo resistir la necesidad de comprar una coca de dieta sólo para evitar verle la cara a las horrendas y groseras mujeres que la atienden. Los universitarios me sacan de quicio. 
Tal vez algún día extrañe a la Señora Yola y a su esposo, los que hacen la limpieza tres veces a la semana. Sí, los extrañaré a ellos. Supongo que extrañaré la conexión a internet o el dinero. El dinero siempre se extraña y la verdad es que dudo que pueda encontrar jamás un trabajo mejor pagado que éste, vaya... vamos a dejarlo en "cualquier otro trabajo". Ah, sí, extraño mi autoestima profesional. Se me olvidó ponerlo en la lista. No lo sé. Hace una semana que no tomó antidepresivos, sólo ansiolíticos y el zyprexa, muy poquito, en realidad, y creo que he estado bastante estable. Vamos a ver cómo sigue la próxima semana. Tal vez, sólo tal vez, las cosas mejoren. Sí, así será y seguramente  se me ocurrirá algo más que podría llegar a extrañar de este lugar. Seguramente debe haber más cosas, sólo que ahora no las vemos.

Será, será, diría Ned Flanders esperando que se acabe el mundo.

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