jueves, 21 de enero de 2016

Futura viuda

Cuando tenía unos cinco años mi mamá me compró unas pinturas para niños que incluían una pequeña paleta de plástico. Me pinté bigotes, me puse una bata y obligué a mi familia a que me llamara "Jimena Da Vinci" como una semana, después se acabaron las pinturas. (Nótese la confusión infantil entre Dalí y Da Vinci... era una niña, yo qué chingados iba a saber.)

Supongo que me acordé porque aproveché la hora de la comida para pintar un rato y estrenar mis pinturas nuevas. Sí, tengo pinturas nuevas, de las elegantes. No más ATL ni lienzos para estudiantes, NO SIR! Que sirva de algo mi vida de burócrata, aunque no he cobrado desde finales de noviembre y no tengo nin centavo. Chale, ya casi se me acaba el té y no tengo dinero. Supongo que si no anduviera comprando pinturas caras y pinceles elegantes tendría más dinero. Lo mismo va para las ediciones ilustradas y comentadas de libros que ya tengo pero necesito poseer en todo el ornato y magnificencia que las editoriales puedan producir para llenar los huecos emocionales de sus lectores. Esos aretes de rubíes con brillantes tampoco ayudaron, pero estarán de acuerdo que no es lo mismo llegar a un lugar donde un patán cualquiera me va a tachar de estúpida en mi cara, usando plástico que usando brillantes. ¡No es lo mismo, muñecas!
Y aproveché mi hora de la comida para jugar con mis pinturas nuevas. De repente olvidé cómo mezclaba el color para la piel. Oh, sí... eventualmente llegó a mí y cuando me di cuenta ya se había terminado el tiempo y otra vez iba tarde. Bueno, al menos me distraje... aunque no me sirve de gran cosa porque nunca me gustará nada de lo que hago.  ¡ARTE! Lo que hago no es arte, son monitos. Ni siquiera sé qué es arte.
¿Qué putas es eso?
No lo sé, digo, sigo despreciando profundamente mis tristes y limitadas habilidades pero al menos me gusta tener una versión modificada al oleo de alguna de las ilustraciones de Dulac para la Sirenita colgada en la oficina en lugar de una impresión barata de 50 pesos enmarcada con poco estilo, como Monsieur LeGrand, que ahora se desvive en cortesía, él y su adjunta. Ayer hasta me trajeron galletas y arándanos.
¿Qué putas?

Me insultan y luego me consienten. Pamplinas, pamplinas todas.

Me levanté con una canción en la cabeza. Some weird sin, de mi amado Iggy. Cuando me subí al coche descubrí con horror que no la tenía en el iPod y como resultado la he tenido puesta toda la tarde, cortesía de YouTube. Supongo que la muerte de Bowie me infundió el temor a quedar repentinamente viuda de mi perturbadoramente atractivo esposo, Iggy. 

¡Ay, Iggy, no mueras antes de que consumemos nuestro amor!
A estas alturas ya es mucho pedir. Por otro lado, he pasado dos días encerrada en la estantería, sintiéndome como en casa. Así debería vivir, para siempre, pero los putos de la Secretaría, Liberace y sus compinches, nunca soltarán las llaves y me temo que no volveré en un buen tiempo.
Bueno, al menos puedo contar dos días buenos.
Sí, han sido dos días buenos de inventario y quietud, la soledad me sienta bien, y como tal los atesoraré cuando tenga que sobrevivir a las juntas y los eventos donde no quiero estar. 

Escucho unos tacones a lo lejos, ¿será la Sra. Elton, usando una de sus minifaldas de meretriz? Me pregunto qué hará por las noches, ¿se sentará a cepillarse los chinos al compás de jazz parisino (que es lo único que escucha porque recordemos que ni siquiera conoce a Katy Perry) mientras planea el siguiente paso en su plan maestro para apoderarse del mundo?
Es extraño pensar que esa mujer se aferra a este lugar y este trabajo con el mismo esfuerzo con el que yo lo soporto. Si me pidieran la renuncia supongo que me sentiría mal, o tal vez se me quitaría un peso gigantesco de la espalda. Si me corren no fue mi culpa y hasta podría hacerme la víctima con mi papá: "pobre de mí, no logré convertirme en urbanista, buh, buh, buh"pero si renuncio sería como soltarle una cachetada de ingratitud a mi bondadoso padre, y eso sí que no me dejaría vivir. 

La ingratitud es el único pecado que no soporto. Lo que nos lleva al "weird sin" del que habla Iggy. No todos los pecados son iguales, y yo ya tengo una colección importante como para andarle agregando cuentitas al rosario.
Las cuentas que suenan todo el día.
No importa, al menos no soy un imbécil arrogante y sé usar pantalones y largas faldas, a diferencia de la fauna local. 
Eso es, fauna.
De hoy en adelante los observaré como si fueran habitantes de una población de caníbales, primitivos y salvajes, que quieren consumir mis huesitos en caldo. 
¡No se vale, soy vegetariana!

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