miércoles, 22 de junio de 2016

Días perdidos

Estoy exhausta. Físicamente, sí, pero también es emocional. Ya no puedo y como último recurso para salvarme de esta espiral de conductas dañinas intenté renunciar el jueves. No me la aceptaron. Al contrario, me dijeron todas las palabras bonitas y promesas todavía más bonitas para convencerme de que me quedara "durante la transición". ¿Qué hacía? Aguantarme y hacer lo posible por no desfallecer, lo que me salió al revés, pero bueno, eso ya no importa. Es extraño ver a esa persona en el espejo, de hecho, hago lo posible por evitarlo. No soporto verme en el espejo. Falté dos días con dos perfectamente válidas excusas pero como ya había empezado a limpiar mi oficina, todo mundo creyó que simplemente no iba a regresar y se armó el revuelo. ¿De veras creyeron que me largaría así como así, sin decir adiós? ¿como "las chachas" diría mi mamá, por más ofensiva que me parezca la expresión? 
Ni siquiera sé qué decirles o qué escribir. No tengo más fuerzas. He estado tomando vitaminas pero ya volví a ese estado en el que comer es difícil. Hoy no pude terminarme el Gohan que pedí en el sushi y dejé la mitad de mi orden de Kushiage. Ni siquiera me importa Juego de Tronos, qué pasó o volverlo a ver. No me importa.
Hoy que caminaba de regreso a la oficina pensaba "No me importa", aunque creo que se refería a un espectro más amplio de cosas que no me importan. Ojala tuviera algo qué esperar, no sé, algo que me diera esperanzas. Debí haber comprado ese segundo antidepresivo que me mandó Mrs. Pills, pero ni siquiera tengo interés en mejorar. No sé si es la depresión que habla, pero no veo posibilidades de que algo pueda mejorar. Después de unos años muy malos dejé de mentirme a mí misma diciéndome: "el próximo año será mejor", y al contrario, sólo empeora.
  Monsieur LeGrand y yo vimos una rata afuera de la ventana. ¿Es extraño querer acariciar a las ratas? No quiero quedarme aquí pero tampoco quiero ir a mi casa, ahí están mi mamá y mi hermana, que a últimas fechas ha dejado de emitir la calidez que me resultaba tan reconfortante hace unos años, cuando my bestie breakup acabó con todas mis facultades de creer en algo. 
No quise decírselo a Fanny en el último correo que le envié, pero ya nunca fui la misma, fue como si después de un trance tan confuso y doloroso hubiera perdido algunas capacidades afectivas básicas. ¿Para qué la iba a lastimar así? Nunca le hice daño a sabiendas y no comenzaré a hacerlo ahora, sin importar el cascaron de persona en el que me haya convertido. Rota, rota, rota.

Imagínense, Jane tuvo a su bebé y no siento nada. Absolutamente nada. Qué diferente de aquellas vieja historia que escribí sobre nosotras. Puras ilusiones y cuentos.

¿Llegar a abrazar a mis perros? A veces, cuando llego por la noche me duele tanto la espalda, estoy tan cansada que sólo salgo a llenarles el plato de comida y acariciarlos un poco, luego me meto corriendo y debo admitir que me he llegado a dormir con la ropa puesta y sin lavarme la cara. No me importa. 
¿Por qué no me voy de viaje? No sé, creo que tiene que ver con la fobia social y el self loath. ¿Les he contado que la primera vez que fui a Paris con mis papás no quería salir del hotel? No lo entendí hasta que llegué con Mrs. Pills y parece que el terror a ser visto por gente en la calle es una forma o síntoma de fobia social. Recuerdo que los primeros días mi papá estaba muy frustrado conmigo y me recriminó que yo, "triste pichón" me negara a recorrer las calles en las que caminaron Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. No lo entendíamos, ni él ni yo, después de comprar una chamarra gigantesca de color blanco con una capucha enorme pude salir a la calle y disfrutar el viaje. 
Mi mamá cree que Mrs. Pills no me ayuda en nada, dice cosas terribles de ella y siempre le mienta la madre cuando me ve llorando. Si supiera lo difíciles que son para mí las cosas que suelen ser tan sencillas para los demás. Amor, parejas, matrimonio, hijos. Es como si no estuvieran en mis cartas. Nada más levantarme de la cama y llegar a la regadera es un logro.

Recuerdo cuando mi mamá me contaba historias de cuando era joven y trabajaba y estudiaba todo el día. Cuando salía iba seguido a la catedral a pedirle un milagro al Cristo del veneno, lo que fuera que la librara de un futuro seguro envejeciendo sola junto a mi abuela. Sentada con ella, escuchando letanías religiosas, todo para levantarse, trabajar y regresar a su casa a escuchar más letanías y así sucesivamente.  Parece ser que yo pagaré esa deuda pendiente. Mi madre se parace cada vez más a mi abuela y no se ha dado cuenta.
Ojala pudiera creer en los milagros, pero ya no veo a Dios por ninguna parte, sólo tristeza. El anciano que va de coche en coche tocando la ventanilla con una vasija de aguardiente a medio terminar, perros atropellados, niños solos y mujeres pidiendo limosna para el bebé que cargan y el que seguramente los espera en otra esquina. En la oficina sólo está el muro blanco y el ruido enloquecedor de una bomba, que bien podría ser la del baño. ¿O son las lamparas? 
Una hora más, y luego otra semana. 



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