miércoles, 1 de junio de 2016

Hasta la madre

Yo sé, estarán pensando que es rarísimo que yo use y abuse de este espacio para quejarme, pero estoy hasta la madre. Esta vez, con sus honrosas excepciones, debo decir que los que me tienen hasta la madre son los hombres en general y empiezo a creer que las feminazis tienen un punto.
Así está el asunto, la becaria de Ser Coffee llegó a contarme muy angustiada que ya no sabe qué hacer con el acoso al que la somete el contador, obviamente veinte años y sesenta kilos mayor que ella. Yo no puedo hacer nada, más que ofrecerle el resguardo de mi oficina, entonces acudí al abogangster de las muchas novias, a ser Coffee y a mi jefe, no porque quisiera, sino porque me preguntaron dónde iba a comer y como les dije que iría a Plaza y resultó que ellos también iban pues nos fuimos juntos. Ya que el abogangster me acompañó al banco, intenté convencerlo de que ayudara a la pobre desgraciada hablando con el hombre del problema (que se supone que es su amigo), ya saben, en una conversación de depredador a depredador a corazón abierto. Yo sólo quería que le dijeran, en una forma muy masculina "oye wey, no seas cabrón, ya déjala en paz, está casada", pero la reacción de mis respetables compañeros de trabajo me sorprendió: en lo que a ellos concierne, ella le da "entrada" en el momento en el que no lo cachetea y lo corre de su cubículo y sólo ella es la del problema...

¿EN SERIO?

Lo que me asombra de los hombres es que estén tan absolutamente ciegos. Cuánta razón tenía Miss Crawford, cuando me dijo que "no entienden indirectas". Recuerdo las primeras semanas que pasé aquí y el abogangster de las muchas novias llegaba a mi oficina, se sentaba y no paraba de hablar durante horas, de verdad, horas y yo sólo rezaba porque llegara alguien a librarme de su atención, lo que nunca pasaba, hasta que un día de plano me siguió al estacionamiento y me asusté tanto que solté el cigarro del miedo. No sé qué cara habré puesto que retrocedió y yo apresuré el paso hasta encontrarme en el refugio de mi coche. Al otro día se disculpó por invadir mi espacio y me dejó tranquila. Fue una época angustiante, recuerdo que en más de una ocasión llegué llorando a mi casa directo a la botella de vodka y a prenderle una veladora al Espíritu Santo para que me protegiera. Hasta la fecha me hace sentir incómoda su presencia, pero insisto: la vida laboral implica cortesía, y eso que técnicamente estamos en el mismo rango y no es mi jefe ni autoridad alguna. Para las becarias es distinto.

Cuando sabes que tu chamba pende de un hilo y que vas a pasar muchas horas trabajando junto a las mismas personas, lo último que quieres es una confrontación que siempre es igual: Una los acusa, les pide "por favor deja de quitarme el tiempo e invadir mi espacio", a lo que por supuesto sigue la indignación y la negación: "yo sólo estaba platicando", "estás loca", "no sé de qué me hablas", "qué exagerada", "era una broma", lo que no resuelve nada y sólo empeora las cosas. 
Intenté explicarlo pero nadie me entendió, al contrario. La culparon a ella y resultó que sólo ella puede ponerle remedio. Estamos hablando de la mujer que se casó a los 21 años con un hombre que no quería por la presión de su madre y hermana. No sé ustedes, pero eso me suena a que no tiene gran experiencia elevando la voz. 
¡Puta madre!
 ¿Resulta que es normal? Ni siquiera les preocupa que la pobre mujer esté hasta el gorro. No puede hacer nada, está haciendo el servicio social, no puede armar un numerito y causar problemas, mucho menos si ve que el contador es amigo de su jefe y del adjunto del jefe. La verdad es que nunca había conocido una raza de hombres tan... ¿voraces? Es como el abogangster de las cinco novias. En verdad, me pregunto, ¿para qué quiere tantas? Ninguna es excepcionalmente bella, es como si las mujeres no tuvieran valor o individualidad alguna y diera lo mismo una que otra, como si fueran comida. "Oh, no tiene tacos de sesos, entonces me comeré unos de carnitas o ya que estamos en eso, deme tres campechaneados". 
Pero lo peor, lo peor fue cuando el abogangster, que anduvo con la becaria con la que el contador quería con anterioridad, describió el problema de la siguiente forma: Uy no, es que él es como un perro cuando le quieren quitar el dulce".
¿DULCE?
Estamos hablando de un hombre de mediana edad que ni siquiera está divorciado y ya anda con otra mujer, con la que vive, lejos de su ciudad natal, acorralando a una prestadora de servicio social en su cubículo. Lo peor es que su hijo de catorce años escucha todo y piensa que eso está bien, que es el epítome de la masculinidad. No digo que crea en la monogamia masculina, por supuesto que no, pero me gustaba pensar que aunque un hombre mantuviera relaciones frívolas, extramatrimoniales o no, y de corta duración, al menos eran capaces de visualizar a las involucradas como personas, después de todo es el principio de la reina y la favorita, pero ahora descubro que en sus mentes una mujer ni siquiera es una persona, es un dulce.  "Está casada" le advirtió Ser Coffe, a lo que el vilipendiado de hoy respondió: "Me vale madre, yo le pego a lo que sea".
Regresé de muy mal humor. 
Por eso, por eso moriré soltera y completamente satisfecha por ello. Yo no le creo un carajo a nadie. Me ha quedado más claro que nunca la conformación de las relaciones hombres y mujeres, por eso agradezco enormemente que cuando yo hice el servicio social fuera en el archivo, con Marinita, la secretaría, y Javier, el archivista cuidándome del oftalmólogo perverso. 
Y por eso, por eso, mañana le diré a la becaria en peligro: "pequeña, estás sola en la selva, eres el cervatillo que se quedó atrás de la manada, debes correr y mentarle la madre con todas tus fuerzas porque es serio y peligroso, nadie puede ayudarte". Después le ofreceré mi spray de pimienta y prenderé otra veladora para rezar por su seguridad. 

Dios, guarda a las veinteañeras de la codicia de los hombres de mediana edad y no permitas que el demonio del acoso eche raíces en los cubículos de las jóvenes y desprotegidas. Amen. 
Ahora, si me disculpan, iré a sentir asco una hora más hasta que sea decente largarme.

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