lunes, 1 de agosto de 2016

El grave asunto del pañal

Nunca pensé que llegaría el día en el que preferiría ir a comer sushi con Mrs. Weston que pasar tiempo con Jane. Es que, no sé si les he contado, pero Jane es un ser extraño al que no reconozco. Aunque para ser justos creo que su recién nacida está en las mismas. La última vez que fuimos a su casa la estaba ayudando a cambiar el pañal cuando le hablaron de algo sobre el negocio y se fue... así, casual, dejó a la bebé medio desnuda. Yo le estaba sosteniendo las piernitas para que le pusiera el pañal y de repente nos quedamos la bebé y yo en suspenso. La niña comenzó a llorar y yo busqué socorro en Mrs. Weston aunque ninguna pudo calmar el llanto de la desafortunada. De repente regresó Jane, le terminó de poner el pañal y poco menos que nos contó que la niña se había enfermado y tenía diarrea porque tenía cosas que hacer con la mamá de Mr. Bingley y no pudo darle de comer, entonces le dieron una formula barata.

[...]

Una vez que nos encontramos en la seguridad de mi coche, cuando la llevaba a su casa, Mrs. Weston expresó al fin esa fea sospecha que todos hemos albergado sin tener el valor suficiente de decirla en voz alta: Jane la cagó. 

Creo que por eso no me muero de ganas por ir a ver a Jane.  Si me quiere ignorar a mí no hay bronca, como el día en el que la fuimos a ver cuando la niña estaba recién nacida y se pasó las horas viendo su teléfono mientras Mrs. Weston y yo cargábamos a la bebé, está bien, nos dio la oportunidad de quitarle y ponerle los calcetines para jugar con sus deditos, pero me deprime ver que ignore a su bebé. No sé si es un proceso, tal vez le falta formar vínculos con ella y con el paso de los meses se sentirá más ligada o consciente pero hasta el momento me aterra presenciar este extraño experimento conocido como "maternidad". ¡La niña ni siquiera tiene nombre! Tiene un mes y medio y todavía no tiene nombre. 
Quiero dormir y olvidar que el mundo existe. Lo extraño es que hubo una época en que mis amigas eran mi familia, no hubiera desperdiciado ni una sola oportunidad de ver a Fanny o Jane y era lo más normal del mundo que les hablara para cualquier pendejada, leer el horóscopo o pedir su voto cuando no podía decidir si debía comprar algo en un color o en otro. No puedo reproducir la experiencia.  Es más, creo que me siento igual que a los quince años, cuando Mrs. Palmer quería salir, ir al cine o a comer a su casa, etc., y yo hacía todo lo posible para zafarme. Recuerdo que una vez inventé una excusa tan mala para librarme de ir a casa de Mrs. Palmer que la Gollum me mentó la madre y me colgó el teléfono. Bien, ahora hago lo posible por retrasar lo más posible ver a Miss Lucas o evado las sugerencias de la becaria de Ser Coffee para salir a pasear. Son muy bondadosas y sí me caen bien, pero disfruto más ver la tele yo sola y ver la ciudad desde mi silla Acapulco mientras le rasco la pancita a mis hijos. 
Lo peor es que me siento culpable. Me siento culpable por no poder corresponder a sus francas muestras de afecto. Soy una perra ingrata. 
La vida social no es para mí. Tener amigas no es para mí. Otra cosa que detesto es hablar por teléfono. Ayer de plano me dormí y no contesté ni mensajes ni llamadas. Al parecer Miss Lucas se preocupó. 
Sólo quería dormir, dormir y dormir. 

Justo ahora sólo quiero dormir, dormir y dormir. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario