martes, 6 de septiembre de 2016

Lo que me ofrezca internet

Y ayer, de la nada, se llevaron a la pareja de becarios/adjuntos/servicio social que me quedaban  de amigos en este lugar infernal.  ¿Ahora, con quien compartiré chismes, quién me hablará de telenovelas japonesas y koreanas que en verdad me dieron ganas de ver? Nadie me visitará ni me traerá dulces y fruta.
Nadie.
Se los llevaron los abogados hasta el Sur de la ciudad. Bien, creo que ya sólo me queda Ser Coffee, aunque a veces se vuelva tan raro y nunca me cuente nada. Claro, supongo que tiene razones porque soy una chismosa terrible, pero digo, al menos podría contarme algo entretenido en lugar de dejarme soltar la cháchara a mí. Mi opción es Monsieur LeGrand, que afortunadamente anda muy tranquilo y ya regresó a sus clases, pero su ausencia me deja al merced de sorpresas desagradables. 

Imagínese usted que ayer estaba de lo más tranquila y felizmente trabajando arduamente (ya saben, chismeando en Twitter, Facebook y Tumblr) cuando escuché el sonido inconfundible de los tacones de la Sra. Elton. ¿Qué diablos? ¡Ya eran como las siete de la noche! Llegó con una de sus becarias al cubículo que usualmente usan los ingenieros pero que en las tardes ocupa el nuevo individuo de audiovisual al que me gusta llamara Sr. Van Houten porque se parece enormemente al papá de Milhouse. Se presentó y se puso a interrogar al pobre desgraciado sobre el equipo que guarda ahí y si tiene acuse en caso de que "se extravíe" algo.  Me pareció cagadísimo... hasta que se paró en mi puerta y me dio el puto susto de mi vida. "Hola", me saludó y con el brinco que di se me salió lo que estaba pensando y le dije "ah, me asustaste... pero, hola". 

¡Qué pinche susto!

Lo peor del asunto es que tuve que llevar mis comprobantes fiscales con los de la Secretaría, que han de saber ustedes que son unos pedantes. Tuve que ir tres veces, pero al final ya me desesperé porque no llevaba sólo los míos, sino también los de otros dos inocentes. Logré que me los recibiera un enano que detesto y estaba a punto de irme cuando la secretaria me dijo: "Ay, te aprovecho de mensajera" y me empezó a soltar una serie de oficios, como cinco diferentes y uno que venía con cuatro copias, para mi jefe. Nota: ¿ahora soy office boy? ¿Ya descendí de secretaria a recepcionista a office boy? ¿Qué putas? Pero ni modo que la mandara al carajo, no cuando estoy entregando el comprobante que necesito para mi cheque. Me quedan como setenta pesos en la tarjeta de débito, no me puedo dar esos lujos, ya después los insultaré a sus espaldas.
 Total que firmé y me llevé los benditos oficios. ¿Saben qué descubrí al echarles un indiscreto vistazo? ¡Esta gente está loca, mandan oficios por absolutamente cualquier pendejada! Si recibieron una invitación o las luces se prendieron más tarde de lo usual, una ventana se quedó abierta o movieron una planta. 

Lo peor es que los días son eternos. Ayer, despedí a mis buenos amigos a eso de las ocho de la noche con un "Larga vida y prosperidad" y me fui a sentar a la banquita que está frente al gimnasio. 
Ya no sé si quiero que me corran o no. ¿Dónde más voy a encontrar un lugar que suene elegante aunque en la vida real sea una mamada y nadie haga un carajo? Porque eso es sólo un poco de la valiosa información que me pasaban mi ahora lejanos amigos: No sólo soy yo, nadie está haciendo nada porque no hay nada qué hacer. 
Cuando lo descubrí quedé fascinada. Bien, ya puedo ir a desperdiciar mis horas laborales viendo capítulos viejos de Isabel. Ya sé que tenemos conflictos con los españoles pero la serie era muy buena.

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