viernes, 20 de enero de 2017

Maten a Tom Cruise

Les contaré algo sobre la depresión, la clínica y resistente. Muchas veces, como parte de todo el proceso, uno se siente responsable y culpable. "No le estoy echando ganas", como si fuera un defecto, una huevonería, una mamonería. "No estoy haciendo suficiente" y ahí se queda la culpa. "Debería comer mejor, hacer ejercicio, dejar de beber, trabajar y hacer cosas útiles". Entonces a la vergüenza y la desesperanza se suma la culpa porque se sabe (créanme, estamos conscientes) que nuestra tristeza, llanto y devastación afecta a los demás. Fingir gripe para justificar las señales del llanto o pasar tiempo absurdo en la regadera para ahogar el sonido de los chillidos se vuelve costumbre. A la gente no le gusta la tristeza. Llega un momento en el que se piensa que no hay remedio, que la mera existencia fue un error y que sólo se está desperdiciando aire... ahí es donde entran los medicamentos.

Los he probado todos, absolutamente todos. Puedo separar los periodos de mi vida a partir de los medicamentos que psicólogos, terapeutas familiares y psiquiatras me han recetado desde los 13 años. No estoy orgullosa, al contrario, pero uno de los maravillosos efectos secundarios de los antipsicóticos es la honestidad libre, sin culpa ni vergüenza. 
El domingo pasado me mandaron Zyprexa una vez más, no el normal, parece que Zyprexa Zydis engorda menos y la dosis es realmente muy pequeña. 
¿A dónde va este post? A mentar algunas madres y si fuera posible, asegurarle a cualquier otro infeliz que no sepa el por qué de su devastación cotidiana que sí hay remedio, que no es su culpa.

A cinco días de medicarme como Dios manda, Luvox en la mañana, Wellbutrin y un cuartito de Zyprexa Zydis en la noche, el ánimo y la capacidad para existir es tan absurda y diametralmente diferente que sólo puedo prender una veladora y darle gracias a Dios por la farmacología moderna... y si se nos cuela una oración por la muerte de la cientología, mejor.  
En dos días me mudé de oficina, armé un artículo en borrador, desarme, trasladé y arme de nuevo dos estanterías para mi pequeña biblioteca, me improvisé mamparas para la privacidad de mi bello acervo, imprimí papeletas, hice catálogos y me revolqué en la alegría de estar de nuevo sola, lejos de Monsieur LeGrand en un área para mí solita y mis libros. Eso haré, pondré un letrero en mi nueva oficina, que tiene ventana y vista al estacionamiento (YES!) "Khalessi del Mar de Libros". Bajé canciones y bailé, usé un collar que mi hermana me regaló cuando estaba en secundaria y nunca había sabido con qué ponérmelo, eché agua bendita en las oficinas donde alguna vez habitó la Sra. Elton, bailé mientras movía libros y me debatía si pintar mi carrito de bibliotecaria de color azul o gris azulado, tal vez un leve turquesa.
Se acabó la semana y no siento el pensar que me tiraba a la cama tan pronto cruzaba la puerta, al contrario. Sí, me duelen los brazos, las piernas y el trasero por culpa de mi labor desarmando estantes, trasladarlos y armarlos de nuevo en mi pequeña biblioteca, también hay un poco de dolor de espalda por estar escribiendo en la computadora, pero los malestares físicos no son incapacitantes, al contrario. Sé que cuando me acueste y descanse soñaré satisfecha (de preferencia con Daryl Dixon) porque hice algo. Mi día valió la pena.  Me desperté cantando, trabajé, me gané mi cheque y ahora sé que puedo irme a dormir con emoción por todas las pequeñas tareas que haré mañana en compañía de Miss Lucas. Cambiar un suéter por una talla más pequeña, recoger dos acuarelas recién enmarcadas, comprar papel para enmicar, ir a la papelería y enseñarle a Miss Lucas mi pizzería favorita, beberemos cerveza y haré lo posible por hacerle ver que su novio es abusivo, aunque no tenga éxito, haré todo lo que pueda para salvarla de un golpeador. ¡Que la fuerza me acompañe!

Quiero estar viva.

Por eso, se los suplico, cuando conozcan a alguien con un desorden mental, háganme un favor y nunca, nunca, nunca, bajo ninguna circunstancia le digan: "hay que echarle ganas". No, hay que tratarse. Hay que ir con un médico calificado. Recuerden que los desórdenes mentales son más comunes de lo que parecen y en muchas ocasiones son hereditarios, en lo personal, a mi mamá le diagnosticaron esquizofrenia, aunque mi psiquiatra piensa que en realidad debe tratarse de una epilepsia del lóbulo temporal con episodios esquizofrenizantes (¿o algo así?)  y aquí entre nos, la manía religiosa de mi abuela suele ser síntoma de algún trastorno no diagnosticado. Suena exagerado, lo sé, pero es más común de lo que todo mundo cree. 
Los medicamentos existen por una razón. De hecho, este post tenía una sola intención: Mi querido lector, la próxima vez que tenga la fabulosa idea de "olvidar" tomar mis pastillas o evitar las que engordan, mejor dispárenme. 
Ojala pudiera describirles la enorme y ridícula diferencia que hacen, pero creo que no tengo el vocabulario necesario, sólo puedo decirles que el domingo pasado creía haber sido una equivocación de Dios y hoy salí cantando de mi nueva y elegante oficina, pensando: "Nunca había visto un atardecer tan bonito". Sí, mi nueva oficina tiene vista al estacionamiento y la calle. 
Tal vez pueda parecerles triste, pero esa pequeña vista, el movimiento de los camiones y coches y el olor a garnachas es como ser parte de un paisaje más grande que yo. Es como ser parte de una vida, alguna, la que sea. 

Recuérdenme comprarle un regalo a mi jefe. Amo mi nueva oficina, mi estantería, mis libros y mis catálogos. 
He sido feliz. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario