lunes, 16 de enero de 2017

No más vuelos ni que nada

Está bien, voy a tomarme un ligero descanso de hacer cosas que no debería hacer porque no me pagan para hacerlas pero que quiero hacer porque de otra forma ya no me sentiría historiadora y si dejara de incluir ese pedacito de información en mi autobiografía actual me suicidaría o al menos lo intentaría bebiendo cloro o masticando vidrio y así evadirme del hecho de que vivo con un gafete colgado, para hablar de algo profundamente perturbador que se me acaba de ocurrir no sé de dónde.
Esperen, sí sé de dónde. Todo empezó ayer, cuando salía de desayunar con mis padres en Sanborns, después de haber dejado profundamente preocupada a mi psiquiatra porque no es posible que mi terrible depresión no amaine con el Luvox y me mandara atascarme de Zyprexa hasta que mejore algo y ella pueda respirar tranquila sabiendo que no me voy a tirar por el balcón (que no tendría ningún punto porque caería sobre el techo de madera y vidrio del último piso, dudo que fuera una caída mortal, sólo quedaría madreada, como cuando me caí de la bicicleta estacionaria un día antes de Año Nuevo y sangré profusamente, aunque por suerte no me rompí ni fracturé la nariz, habría sido una tragedia porque salió muy cara). 

Bien, les decía, estaba sumida en ese lugar extraño al que me voy a veces cuando escuché algo familiar. En una de las televisiones había uno de esos conciertos de grupos de los noventas que se unen para regresar a la juventud a aquellas señoras que alguna vez fueron adolescentes y soñaban con los integrantes de las boy bands nacionales, y me quedé viéndolo con curiosidad mientras mi papá buscaba algo sobre un dueto de esas señoras de los ochentas que los padres gustan poner como soundtrack de las fiestas y viajes familiares para nuestra desgracia. Oh, sí, resultó que eran Magneto y Mercurio. Mi hermana era una fanática desaforada de esos jóvenes, los únicos aprobados por mis padres. Justamente, el viernes le contaba a Ser Coffee (que de hoy en adelante se llamará Capitán Benwick, perdón por no haberle puesto un nombre austeniano anteriormente pero no me imaginé que nos haríamos tan cercanos) que le llevé los cassetes (¿así se escribe?) de Thalia y Madonna a mis papás para denunciar su indecencia, lo que resultó en que mi mamá se los rompiera por tener fotos y letras inmorales y me preguntó: "¿entonces por qué te quiere tanto tu hermana?", cosa que no pude responder.  Esa pregunta me persiguió todo el fin de semana, pero mis arrepentimientos juveniles no son el tema de este post. 

Finalmente, en lunes, en la oficina, ocupándome de un artículo con algo de ausentismo porque temo que resulte ser la misma basura que entregué para el del año pasado y que mi Mrs. Boss tuvo que cirugear enormemente para que fuera publicable, decidí en el colmo del morbo poner el concierto que vi ayer por alguna razón melancólica/curiosa. Estaba trascribiendo el trabajo de archivo de alguien más para apropiármelo con ayuda del bendito apud cuando escuché la canción esa de "Cambiando el Destino". No vamos a detenernos en casos como "13 años", que por el mero título podemos imaginarnos que raya en la pedofilia, no, ni en la cantidad de "puertas del colegio" que se mencionan en el repertorio,tampoco en los recuerdos amargos de niñas de primaria montando coreografías y burlándose de mis dibujos de marcianos y demás traumas (no eran "marcianos", eran egipcios, Tutankamon y Ankesenamon, para ser exactos), no, vamos a la letra de la canción que dio nombre a la magna película de Magneto:

Cambiando el destino 
Te descubrí aquella tarde 
Tan callada 
Para mirarnos, nos falto valor 

Entre la arena y junto al mar 
Nos acercamos tu y yo 
Buscando un beso 

Había miedo en tu mirada 
Yo temblaba 
Rozar tus labios fue tocar el sol 

Y con un nudo en nuestra voz 
Nos entregamos tanto amor 
Amor infinito 

Y volamos hasta tocar el cielo 
Con nuestros cuerpos 
Juntos ir cambiando el destino 
Y al atardecer tu piel 
Iluminó mi corazón 
Aquella vez 

Cayó una lagrima de niña 
Sobre tu cara 
Nos sonreímos abrazándonos

Y en el anden de aquel adiós 
La infancia se nos escapo 
Al doblar la esquina 

Y volamos hasta tocar el cielo

Bien, ya que la leímos con cuidado y echamos mano de todas las metáforas que hemos visto anteriormente en los FanFics del mundo, sólo quiero preguntar algo y ver si tengo razón. Acepto que no sé nada sobre el tema del ¿himeneo?, ¿desfloramiento? (¿o desfloraciones?) y/o pérdida de la virginidad, aparte de lo que me han dicho Miss Lucas, los libros, la tele, los FanFics y principalmente Simone de Beauvoir, pero ¿se trata de adolescentes perdiendo la inocencia, cierto?

Veamos la evidencia:
Había miedo en su mirada y él temblaba, hasta aquí podemos asumir que tal vez era su primer beso y todos podemos seguir pensando que no hay ninguna agresión a la moral, pero luego se "entregaron" tanto amor y "volaron hasta el infinito con sus cuerpos". ¡Por dios, estaba muy claro!
Luego cayó una lágrima, aunque después de interrogar a quien ha querido contarme porque han de saber que muchas mujeres se niegan a dar mayores datos sobre el asunto, no estoy segura de qué tan dolorosa sea la experiencia en verdad, aunque uno nunca sabe, supongo que es diferente para todos pero asumo que al menos debe ser molesto y tres de las cuatro personas a las que les he preguntado me lo confirmaron. Bien, tomando la lágrima como indicación de dolor y leyendo que se sonrieron abrazados y que en el siguiente verbo se les escapó la infancia podemos concluir que efectivamente se trata de la iniciación sexual de menores de edad.

¡SE ME ESCAPÓ!

Jamás debí haber delatado a mi hermana por escuchar a Thalia y Madonna, debí haber denunciado a esos pervertidores de menores. Desafortunadamente, era todavía más joven que ella, cinco años y eso significa que estaba más tonta. A esa edad, Thalia cantando sobre sangre, sudor y saliva se me hacía mucho más escandaloso que un grupo de jóvenes aparentemente sanos y decentes que todo este tiempo nos estuvieron cantando sobre estupro y demás delitos inmencionables.

Lo que me asombra es que nadie haya protestado veinte años después cuando la ingenuidad ha sido exitosamente erradicada de entre nuestras juventudes. 
Así es, en verdad, yo sé que suena mal pero no conozco ni un sólo adolescente que no sepa más de la vida que cualquier estudiante del CONALEP.
Ahora, si me disculpan, debo regresar a mis vacías y estériles tareas.
Gracias por su atención. 

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