martes, 28 de febrero de 2017

Versiones fidedignas

Cada vez que mi mamá me da un aventón a la oficina, o que la veo en las mañanas cuando me estoy vistiendo o estamos comiendo una frente a la otra, tiene una sola cosa tatuada en la cara: decepción. Tal vez debería alentarla a que se ponga más botox, así no vería el disgusto y la frustración. La entiendo, la verdad no soy una hija de la cual estar orgullosa. Soy una solterona y lo único que tengo es un trabajo patético. Todos los días, en la mañana, en la tarde y en la noche hay un comentario nuevo. Ya saben, sutilezas de madre: ¿por qué no voy con el bariatra/nutriólogo/diestista de tal o cual amiga? ¿por qué me habrán salido tantos granitos, será hormonal? Debería estar peleando por horario de medio tiempo o al menos buscar una plaza. ¿Por qué no me consigo otro trabajo? ¿Qué estoy haciendo aquí encerrada todo el día? ¡Ni me pagan! (Hey, ya se pusieron al día, al menos) Qué cosas tan raras uso, me peino muy... exótica. Ya tengo que cortarme este pelo. Tengo las puntas maltratadas y se me ve muy seco. "Mírate esas uñas".

¿Cuántas capas de ropa traigo, no tengo calor?
¿Por qué me descuidé tanto?
La resequedad en las manos significa que me faltan vitaminas.
¿Tomé anoche, cuánto, qué, whisky, estoy cruda?
Tengo que tomar ácido fólico.
¿Para que paga el club si nunca voy?
¿Para qué me trajo al mundo si iba a ser tan infeliz?

En este punto intervengo y aseguro que soy feliz, soy una persona feliz... que trabaja once horas y media y está cansada, pero feliz. No me cree. 

viernes, 24 de febrero de 2017

Oh, la inestabilidad

Tuve un par de días muy buenos. No sé si será porque me dio bronquitis y me pasé cuatro días en cama viendo Netflix en mi laptop nueva, con mis cachorros en las piernas, o porque extrañaba la libertad de andar en la calle, bueno, no en la calle pero en mi pequeña oficina que de alguna forma he logrado convertir en un hogar, uno del que me pueden correr en cualquier momento, pero un hogar. En verdad estaba de muy buen humor, sin necesidad de Zyprexa ni tafil, sólo reía y tarareaba. Me boté de risa hasta el llanto con un video de una mujer cayéndose (es que primero se resbalaba con los tacones y luego se le caía la peluca, fue maravilloso), pero ayer, cuando acomodaba los libros recién etiquetados en la estantería y aprovechaba la privacidad del cuartito de puertas tapiadas donde nadie me ve para bailar, se me ocurrió que esa paz y ligereza era peligrosa. Sí, la identifiqué. Ya la conozco, vaya, me la sé de memoria, es como ese periodo de mejoría que antecede a la muerte entre los enfermos terminales. A veces son unos días, con suerte pueden ser hasta dos semanas, pero eso es raro. Después, es cuando viene lo malo. Siempre (¡SIEMPRE) pasa que después de esos días de alegría inexplicable aparece una tristeza desaforada imposible de controlar. Sólo aparece, la puede detonar cualquier cosa, una palabra o una frase en el libro que estoy leyendo en lugar de ponerme a trabajar, una canción o un recuerdo, de repente se disparan los pensamientos y no se van. Es como una imagen que no logras quitarte de la cabeza. ¿Les he contado que no puedo pensar en agujas porque en mi mente me las veo clavadas en los antebrazos, o al menos en unos brazos que veo a distancia aunque esté consciente de que son míos y no puedo quitarme la sensación de que la aguja está adentro de la vena, exponiéndola, como si pudiera pasar cualquier cosa? Rasgar la piel y el músculo o reventar la vena, aunque nunca llegue a visualizar la sangre.

Bien, por fin pasó. Todavía hasta las cuatro o cinco de la tarde estaba contenta, no me importaba verme gorda en el espejo porque amo mi playera nueva de Daryl Dixon y avancé bastante con la clasificación de una de mis amadas estanterías... hasta que cayó de madrazo. Con la desolación llega el cansancio, el malestar estomacal y las lágrimas. Es muy raro cuando brotan las lágrimas y las sientes antes de tener consciencia de que las estás derramando, entonces corres a la caja de kleenex porque nunca se sabe quién podría entrar y se sorprendería porque yo (sí, ¡YO!) esté llorando. Recordemos que aquí nadie sabe ni conoce dato alguno sobre mi depresión clínica. Justo hace un rato, Monsieur LeGrand me contaba de un estudiante de servicio social que todos odiaba por ridículo "porque se deprimía y lloraba y decía que no podía trabajar", etc.
Al final le dijo que si no estaba preparado para la chamba se fuera y yo le respondí: "Le hubieras dicho que no estaba preparado para la vida, que se tire de un puente y deje de chillar, qué horror".
Ay, soy una hipócrita. Me encanta cómo trago antidepresivos y antipsicóticos como si fueran dulces pero aquí me encanta andar por los pasillos con una sonrisota de idiota pegada en la cara hasta hacerme fama de "buena onda", hasta entre los ex-becarios de la difunta Sra. Elton. Sí, no me pregunten, me contó la chavita encantadora que hace la limpieza. Su hermana le contó (WTF?), ya sin mencionar que mi oficina es la única que está llena de post its de colores y dibujitos infantiles, impresiones de Waterhouse, Hopper y un pizarrón donde pego postales y todas las notas que me dejan. ¿Por qué lo hago? ¿Qué placer monstruoso obtengo de coleccionar las pruebas de afecto prodigadas a esta persona ficticia que labora de nueve a nueve? "Te quiero Jime", "La queremos mucho, nunca cambies", la postal de Van Gogh que me trajo del MOMA el capitán Benwick y algún dibujito de la hija de uno de los jefes de unidad (luego por eso la gente piensa que tengo hijos).

¿Qué está mal conmigo?

¡MUCHAS COSAS!


jueves, 16 de febrero de 2017

Gente ficticia

Mi querido lector:
He descubierto algo importantísimo... I'm a cold bitch. 
Lo peor es que estoy disfrutándolo. La primera indicación llegó con el puto día ese de los amigos y las notitas pegadas en los camiones. Jane me mandó mensajes y un video de su bebé. No sentí absolutamente nada, la verdad es que estaba ocupada pegando etiquetitas y sonándome (estúpido catarro que no se quita) y me despedí bruscamente porque no tenía ganas de involucrarme en pláticas corteses por mensaje y esperar doscientos años a que me contesten. "Tú estás bien, yo estoy bien, todos estamos bien... good!"
El asunto es que ayer se despidió Mrs. Smith de la oficina. Oh, sí, todos le advertimos que no se peleara con el sindicato pero después de una serie de continuos errores jamás reconocidos, finalmente le pidieron que renunciara. No los voy a aburrir con detalles de la vida triste de oficinista, de cualquier forma sospecho que nos están eliminando uno por uno, como en "Diez Negritos", pero sospecho que nos van a ir eliminando uno por uno hasta que este respetable lugar desaparezca y el presupuesto pueda ser absorbido por la Facultad. Esto empezó con once personas y quedamos cuatro. En cualquier momento...
Bien, el punto es que no me dolió despedirme de ella, es más, ni me importa si está o no está, lo que no es una sorpresa para mí, pero al parecer sí sorprendió a los demás. El Capitán Benwick me contaba que ayer, en la junta de despedida Monsieur LeGrand me había notado "desdeñosa", lo que le sorprendió porque creyó que éramos amigas y por alguna razón que no comprendo decidieron comentarlo a la salida.

JA!

No voy a mentir, me llegó a entretener y le seguí la farsa durante toda su batalla con la Sra. Elton, pero siempre tuve cuidado de no socializar con ella fuera de la oficina. Podía tolerarla alegremente y creo que hasta me entretuvo un buen tiempo, pero ya a últimas fechas me tenía hasta la madre. "Sí, sí, ya jugamos a las mejores amigas, ahora por favor déjame trabajar a gusto". 
 Me tardé pero finalmente me he ido destapando un poco. ¿De verdad creen que soy puro amor? Creen que soy pendeja y luego se sorprenden, como la Beba Galván. ¿Creyó que me iba a joder con los pagos? Recuérdenme pegar sus fotos semidesnudo por toda la Facultad algún día, mientras tanto y gracias a un poco de drama público que le hice al estúpido de Liberace, finalmente se dignaron a pagarnos lo que nos debían desde octubre. Perras, perras todas.
Es muy agradable no sentirse mal. Ya sé que la gente dice un montón de sandeces sobre las experiencias y la gente y lo que te deja, pero son sandeces. La gente no te deja nada bueno, sólo malestar. Si me hubiera permitido confiar plenamente en Mrs. Smith, ¿se imaginan lo que me habría dolido saber las cosas que dice de mi a mis espaldas? Habría sido muy triste, por suerte ya estoy entrenada. Como le decía al Capitán Benwick, "para backstabbers" ya tengo a mis amigas que cumplen con su papel tan excepcionalmente como yo. Mire usted, así funciona, la sinceridad nunca me ha servido para nada, así que he descubierto que la cortesía fingida y la locuacidad sirven para navegar las aguas de la vida en sociedad. Fíjese, apenas el domingo Mr. Weston hizo un "jocoso" comentario sobre mi alcoholismo y no lo maté, no porque no me cagara la madre o porque no quisiera recordarle que él no se puede tomar una cerveza sin que su mujer le pegue, no, lo soporté porque es parte del contrato social. Si creyera que Mrs. Weston me tiene el menor aprecio genuino en el sentido en que solía concebir las relaciones afectivas cuando era joven, me habría sentido terriblemente mal, pero yo sé que nuestra afinidad se basa en nostalgia y comodidad y eso está bien por mí. Necesito alguien con quien comer sushi, comprar zapatos y usar vestidos medievales. Ella está dispuesta y le tengo afecto por ello. Si tengo que soportar al mueble de su marido, pues supongo que viene como parte del costo y está bien. Las relaciones se deben negociar, claro, siempre en nuestras cabezas. Yo sé que el Capitán Benwick no confía en mí y que Miss Lucas me usa como terapeuta/figura materna gratuita, pero está bien. Give and take, people, give and take.  Supongo que también quiero a Miss Crawford. Digo, no quiero que le pase nada malo, aunque admito que la he abandonado deliberadamente durante lo que seguramente ha sido el peor momento de su vida y no me pesa. ¿Qué le voy a decir, "Sí, yo sé, en algún punto de tu vida volteas a ver a tu padre, que te vendió el cuento de que eras su adoración y la luz de sus ojos, que nunca te mentiría, el mejor hombre del mundo, hasta que descubres que te ha mentido todo el tiempo y que cuando lo defendías de las acusaciones de infidelidad que pesaban sobre él resulta que todo el tiempo fueron ciertas y tú eras la única estúpida que creía en él y lo defendía"? Oh, well sweetie, deal with it. Toughen up!
Ese momento de tu vida en que te sientes irrompible es glorioso. ¡Sí, es glorioso! Me encanta decir "te quiero" a cualquiera sin significado alguno. Lo suelto como "buenos días" o "que comas rico", alguna de esas naderías de Godinez. Y si me mientan la madre o me hacen alguna porquería, no me preocupa, al contrario, lo doy por sentado. Sé que va a pasar y/o está pasando pero ya no lloro por esas cosas. Ser un jarrito de barro me hizo empática, pero miserable, lo peor es que durante mucho tiempo hice lo posible por batallar contra mi patética sensibilidad de vieja chillona y ridícula sin imaginarme que un día, de la nada, sólo iba a pasar. Era cuestión de tiempo, de haberlo sabido no me habría preocupado tanto. Digo, todavía soy frágil cuando se trata de mis papás y mi hermana, supongo que nunca podré dejar de sentirme mal cuando me hacen una de las suyas, pero al menos ya no estamos abiertos al público. Adelante, serviré de punching bag para que llores en mi hombro las porquerías que te hace el pendejo de tu novio y que tú permites porque tienes la autoestima por los suelos para sentirme moralmente superior, como una matrona romana. Y si un día se dan la vuelta y me descartan, no habrá problema, porque no invertí en nadie. Si no inviertes, no pierdes, como llevar una cartera vacía como señuelo en el metro. Que te la roben, adelante, no tenía nada. 

Yo estoy en el mismo lugar y tengo un montón de libros por clasificar. Nunca más volveré a ver a Mrs. Smith y si los demás se dieron cuenta de mi completa frialdad e indiferencia, tampoco importa. Ya tengo bastantes personajes ficticios por quienes preocuparme, no puedo hacer espacio para la gente real.
Lo que me recuerda, debo regresar al FanFic que estaba leyendo. 

jueves, 9 de febrero de 2017

La brevísima historia de la destruición de la Beba Galván y sus compinches

Por fin descifré qué era una de las tantas cosas que me mortificaba de la vida Godinez... el lugar. Desde que me mudaron, a mí solita, al area que solía ser de la Sra. Elton, con dos cubículos repletos de mis estanterías (que tuve que defender de la Beba Galván que después de verme desarmarlos y moverlos durante cuatro días me salió con que sólo tenía derecho a dos, aunque después de tener un exabrupto violento, terminó dejándomelos y hasta prometiendo comprarme ocho más... ¡esa perra!)  como vecinos, soy una trabajadora de lo más feliz. Ya sin mencionar que tengo vista al estacionamiento, es decir, ya no miro una pared blanca todo el día, ni escucho a Monsieur LeGrand hablar de política o de la mediocridad de sus alumnos sin parar. No. Ahora puedo trabajar en mi pequeña biblioteca de juguete todo el día y finalmente, ver el atardecer desde mi ventana.

Ahora, sería más feliz si me pagaran porque me deben dinero desde octubre, pero al menos, por el momento (no hay que cantar victoria), estoy satisfecha. Hasta me siento un poco como aquel personaje que alguna vez imaginé que pasaría toda su vida como parte de una familia artificial con Fanny y Jane. Es mi biblioteca, mi estantería, mis catálogos... tengo un lugar y se siente bonito. Ahora sólo debo seguir clasificando, catalogando y ordenando hasta el fin de semana. No sé si de verdad es la situación la que me hace feliz o el zyprexa. He recortado un poco la dosis. Ahora lo tomo un día y un día no.

Veremos, por el momento, debo terminar otro catálogo y quien sabe, a lo mejor un día de estos cae un usuario que no salga decepcionado.

We can only hope!