jueves, 9 de febrero de 2017

La brevísima historia de la destruición de la Beba Galván y sus compinches

Por fin descifré qué era una de las tantas cosas que me mortificaba de la vida Godinez... el lugar. Desde que me mudaron, a mí solita, al area que solía ser de la Sra. Elton, con dos cubículos repletos de mis estanterías (que tuve que defender de la Beba Galván que después de verme desarmarlos y moverlos durante cuatro días me salió con que sólo tenía derecho a dos, aunque después de tener un exabrupto violento, terminó dejándomelos y hasta prometiendo comprarme ocho más... ¡esa perra!)  como vecinos, soy una trabajadora de lo más feliz. Ya sin mencionar que tengo vista al estacionamiento, es decir, ya no miro una pared blanca todo el día, ni escucho a Monsieur LeGrand hablar de política o de la mediocridad de sus alumnos sin parar. No. Ahora puedo trabajar en mi pequeña biblioteca de juguete todo el día y finalmente, ver el atardecer desde mi ventana.

Ahora, sería más feliz si me pagaran porque me deben dinero desde octubre, pero al menos, por el momento (no hay que cantar victoria), estoy satisfecha. Hasta me siento un poco como aquel personaje que alguna vez imaginé que pasaría toda su vida como parte de una familia artificial con Fanny y Jane. Es mi biblioteca, mi estantería, mis catálogos... tengo un lugar y se siente bonito. Ahora sólo debo seguir clasificando, catalogando y ordenando hasta el fin de semana. No sé si de verdad es la situación la que me hace feliz o el zyprexa. He recortado un poco la dosis. Ahora lo tomo un día y un día no.

Veremos, por el momento, debo terminar otro catálogo y quien sabe, a lo mejor un día de estos cae un usuario que no salga decepcionado.

We can only hope! 

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