viernes, 24 de febrero de 2017

Oh, la inestabilidad

Tuve un par de días muy buenos. No sé si será porque me dio bronquitis y me pasé cuatro días en cama viendo Netflix en mi laptop nueva, con mis cachorros en las piernas, o porque extrañaba la libertad de andar en la calle, bueno, no en la calle pero en mi pequeña oficina que de alguna forma he logrado convertir en un hogar, uno del que me pueden correr en cualquier momento, pero un hogar. En verdad estaba de muy buen humor, sin necesidad de Zyprexa ni tafil, sólo reía y tarareaba. Me boté de risa hasta el llanto con un video de una mujer cayéndose (es que primero se resbalaba con los tacones y luego se le caía la peluca, fue maravilloso), pero ayer, cuando acomodaba los libros recién etiquetados en la estantería y aprovechaba la privacidad del cuartito de puertas tapiadas donde nadie me ve para bailar, se me ocurrió que esa paz y ligereza era peligrosa. Sí, la identifiqué. Ya la conozco, vaya, me la sé de memoria, es como ese periodo de mejoría que antecede a la muerte entre los enfermos terminales. A veces son unos días, con suerte pueden ser hasta dos semanas, pero eso es raro. Después, es cuando viene lo malo. Siempre (¡SIEMPRE) pasa que después de esos días de alegría inexplicable aparece una tristeza desaforada imposible de controlar. Sólo aparece, la puede detonar cualquier cosa, una palabra o una frase en el libro que estoy leyendo en lugar de ponerme a trabajar, una canción o un recuerdo, de repente se disparan los pensamientos y no se van. Es como una imagen que no logras quitarte de la cabeza. ¿Les he contado que no puedo pensar en agujas porque en mi mente me las veo clavadas en los antebrazos, o al menos en unos brazos que veo a distancia aunque esté consciente de que son míos y no puedo quitarme la sensación de que la aguja está adentro de la vena, exponiéndola, como si pudiera pasar cualquier cosa? Rasgar la piel y el músculo o reventar la vena, aunque nunca llegue a visualizar la sangre.

Bien, por fin pasó. Todavía hasta las cuatro o cinco de la tarde estaba contenta, no me importaba verme gorda en el espejo porque amo mi playera nueva de Daryl Dixon y avancé bastante con la clasificación de una de mis amadas estanterías... hasta que cayó de madrazo. Con la desolación llega el cansancio, el malestar estomacal y las lágrimas. Es muy raro cuando brotan las lágrimas y las sientes antes de tener consciencia de que las estás derramando, entonces corres a la caja de kleenex porque nunca se sabe quién podría entrar y se sorprendería porque yo (sí, ¡YO!) esté llorando. Recordemos que aquí nadie sabe ni conoce dato alguno sobre mi depresión clínica. Justo hace un rato, Monsieur LeGrand me contaba de un estudiante de servicio social que todos odiaba por ridículo "porque se deprimía y lloraba y decía que no podía trabajar", etc.
Al final le dijo que si no estaba preparado para la chamba se fuera y yo le respondí: "Le hubieras dicho que no estaba preparado para la vida, que se tire de un puente y deje de chillar, qué horror".
Ay, soy una hipócrita. Me encanta cómo trago antidepresivos y antipsicóticos como si fueran dulces pero aquí me encanta andar por los pasillos con una sonrisota de idiota pegada en la cara hasta hacerme fama de "buena onda", hasta entre los ex-becarios de la difunta Sra. Elton. Sí, no me pregunten, me contó la chavita encantadora que hace la limpieza. Su hermana le contó (WTF?), ya sin mencionar que mi oficina es la única que está llena de post its de colores y dibujitos infantiles, impresiones de Waterhouse, Hopper y un pizarrón donde pego postales y todas las notas que me dejan. ¿Por qué lo hago? ¿Qué placer monstruoso obtengo de coleccionar las pruebas de afecto prodigadas a esta persona ficticia que labora de nueve a nueve? "Te quiero Jime", "La queremos mucho, nunca cambies", la postal de Van Gogh que me trajo del MOMA el capitán Benwick y algún dibujito de la hija de uno de los jefes de unidad (luego por eso la gente piensa que tengo hijos).

¿Qué está mal conmigo?

¡MUCHAS COSAS!


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