martes, 28 de febrero de 2017

Versiones fidedignas

Cada vez que mi mamá me da un aventón a la oficina, o que la veo en las mañanas cuando me estoy vistiendo o estamos comiendo una frente a la otra, tiene una sola cosa tatuada en la cara: decepción. Tal vez debería alentarla a que se ponga más botox, así no vería el disgusto y la frustración. La entiendo, la verdad no soy una hija de la cual estar orgullosa. Soy una solterona y lo único que tengo es un trabajo patético. Todos los días, en la mañana, en la tarde y en la noche hay un comentario nuevo. Ya saben, sutilezas de madre: ¿por qué no voy con el bariatra/nutriólogo/diestista de tal o cual amiga? ¿por qué me habrán salido tantos granitos, será hormonal? Debería estar peleando por horario de medio tiempo o al menos buscar una plaza. ¿Por qué no me consigo otro trabajo? ¿Qué estoy haciendo aquí encerrada todo el día? ¡Ni me pagan! (Hey, ya se pusieron al día, al menos) Qué cosas tan raras uso, me peino muy... exótica. Ya tengo que cortarme este pelo. Tengo las puntas maltratadas y se me ve muy seco. "Mírate esas uñas".

¿Cuántas capas de ropa traigo, no tengo calor?
¿Por qué me descuidé tanto?
La resequedad en las manos significa que me faltan vitaminas.
¿Tomé anoche, cuánto, qué, whisky, estoy cruda?
Tengo que tomar ácido fólico.
¿Para que paga el club si nunca voy?
¿Para qué me trajo al mundo si iba a ser tan infeliz?

En este punto intervengo y aseguro que soy feliz, soy una persona feliz... que trabaja once horas y media y está cansada, pero feliz. No me cree. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario