miércoles, 8 de marzo de 2017

Conteo

Empiezo a ponerme paranóica: ¿quién está leyendo esto? La idea de que mis descaradas confesiones lleguen a Monsieur LeGrand o Miss Lucas me aterra. Es que hoy me llamó, Miss Lucas, para decirme que básicamente soy una santa y está muy agradecida por mi terapia gratis. ¿Debería entrar en pánico? Tal vez, pero ya ni modo, esta cochina costumbre de escribir no se me quita. Creo que es el haber ido a terapia desde los trece años. Sí, mientras mis compañeritas se iniciaban en el fascinante mundo de la juventud yo me iniciaba en el fascinante mundo de los profesionales de la salud mental. 
Oh Dios. Estimado lector desconocido: si lo he ofendido en este blog le ofrezco una sincera disculpa y le aseguro que no era mi intención herir susceptibilidades, que es básicamente la razón por la que tengo que escribir la asquerosa verdad en alguna parte, para poder mantener la fachada de sabiduría y serenidad que me ha sido tan útil para sobrevivir el mundo laboral. Por otro lado, estoy loca y nadie debería hacerle caso a los locos, entonces el problema es usted.

O tal vez fue muy evidente el disgusto que me llevé ante lo inútil de mis intentos por sacar a una joven que bien podría haber sido yo, si no fuera una fóbica social que no soporta que la toquen, de una situación abusiva que pinta para convertirse en franca violencia. De cualquier forma hoy al fin intenté explicarle que yo ya no tengo su edad. Tengo 32 años, sí... 32. Lo único que quiero es tomar té, ir a mi casa temprano, rascarle la panza a mis perros y dormir. Oh, cómo quiero dormir. Ya de plano me apunté a otros tres masajes y dos faciales más del paquete que me regaló mi mamá,a medias, en mi cumpleaños, aunque tuviera que pagarlos yo. Es que necesito ese rato para descansar. No necesito comer, pero sí necesito echarme en la cómoda camita esa donde puedo permanecer en silencio durante una hora y media con sonidos de pájaros de fondo y agradable olor a lavanda y menta a mi alrededor. 

La edad pesa, ya no tengo veintitantos y eso le dije a Miss Lucas cuando me comentó que por alguna razón extraña que no comprendo le enseñó mi foto a un amigo de Mr. Collins y me propuso (sí, otra vez, Dios mío mátame) presentármelo sólo Dios sabe con qué pecaminosos fines. Decliné, por supuesto. Lo siento, pero no estoy para patear loncheras. Lo mismo le dije a mi mamá cuando me salió con algo parecido hace unas semanas, en este caso el hijo de una de sus amigas, aunque ahí debo culpar del todo a mi madre que me quita la edad con sus amigas para poder quitársela también ella y hacer que los números coincidan. Su amiga no sabe qué edad tengo y por supuesto yo no me puedo botar de risa y decirle: "Señora, disculpe usted, pero la han engañado y no estoy interesada en asaltar cunas. Gracias".

¿Por qué diablos me anuncian como novia rusa? ¡No lo sé! 
Aprecio la buena voluntad de Miss Lucas, digo, al menos su candidato era un especimen apreciable, un vikingo que desafortunadamente nació demasiado tarde para mí y no uno de los ejemplares que me ha querido presentar Mrs. Weston. El último parecía el hijo bastardo de un lanchero y un cantante de regueton albino. Se aprecia, pero paso. Ya sin mencionar que el hecho de "ser amigo de..." no sirve como recomendación, sino como advertencia. ¿Qué hay con las amigas y su disposición a contagiar sus males? Supongo que ellas no los consideran males, pero en lo personal yo me mantendría bien alejada de cualquier amigo de Mr. Collins o de Mr. Weston por el mero hecho de serlo. Uno es un ojete y el otro es un pendejo. 
El único contacto humano que necesito es el que incluya un masaje para arreglarme la espalda.

Por cierto, me duele la espalda y ya hice cita para seguir consumiendo mis masajes el viernes. Creo que dejé mi monedero en el spa y temo que se lo claven. Sería terrible si lo hicieran, ya no podría confiar en las señoritas amables del establecimiento. Sin mencionar que me gustaba mucho ese monedero y tiene la última estampita de San Lázaro que tomé de la imagen itinerante que pasa por la calle de Brasil, ofreciendo rosarios y consuelo a cambio de una módica limosna. Ay, cómo extraño el centro. Aquí sólo veo estudiantes todo el día y no me animan en lo más absoluto, al contrario, me causan malestar. Los veo jóvenes y llenos de ilusiones a sabiendas de que es cuestión de tiempo para que sean groseramente arrancados de su delirio y ubicados en la realidad. Como diría Frollo, en el Jorobado de Notre Dame de Disney: El mundo es cruel, el mundo es malo..."



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