martes, 7 de marzo de 2017

Estoy muy aburrida

Esto les va a sonar muy raro, pero es una buena pregunta: ¿Son o han sido en algún momento de sus vidas fieles creyentes?
No sé bien qué tiene qué ver, déjenme ver... bien. Regresaba a mi monótona oficina (aunque ahora que tengo un usuario/becario hasta parece que esto no está muerto, es rarísimo que alguien que no soy yo salga a dar direcciones o atender la puerta, sólo es raro y divertido), cuando dos señoras que obviamente eran Testigos de Jehová me dieron un panfleto. Ah, claro, Jesús cura a una mujer y escuchamos aquello de "tu fe te ha salvado". Nada que no supiera.
Me encantan los Testigos de Jehova y en general todos los hermanos disidentes, creen que al repartir pedazos de la Biblia por aquí y por allá nos están contando algo asombroso y secreto que nadie conocía. Sí, gracias, pero desde la traducción de Lutero ya tenemos acceso, todos los pobres mortales no ordenados, a la palabra de Dios. Se llama "libre examen". En lo personal, nada más he leído el Antiguo Testamento y fragmentos del Nuevo. El primero porque una monja me quitó mi libro (una novela naca de Sanborns seguramente o algo que le robé a mi hermana) y me dijo que no podía estar leyendo eso en clase, cuando le pregunté qué debía estar leyendo entonces me dijo que la Biblia. ¿A poco no se pone peligrosa la cosa? Le pregunté si podía leer el Apocalipsis. Lo único que sabía del Apocalipsis (porque aunque mi mamá intentó llevarme a "la misa de los niños" los domingos, mi papá jamás dejó de recordarnos que "esos pinches curas son... etc.,") venía de una película de Demi Moore que no recuerdo pero que tenía algo que ver con el fin del mundo. La monja me dijo que no, que eso "no era para niños" y me dejó leer lo que quisiera de la Biblia que no fuera eso... bien, me eché el Antiguo Testamento, que déjenme decirles que es mucho peor que el Apocalipsis que a lo sumo tiene violencia alegórica y una ramera de Babilonia sobre algún tipo de bestia de numerosas cabezas. 

Pero ese no es el punto, lo importante es que siempre me ha llamado la atención que no comprendiera el factor doctrinal más importante de toda la noción religiosa hasta la universidad. Sí, recuerdo que en clase de Biblia y Moral siempre nos ponían a buscarle solución a las parábolas. Y ahí está la parábola de los talentos y la semilla de ¿qué era? ¡Mostaza! ¿O era un arbusto de mostaza? A todo esto ni siquiera sé de dónde sale la mostaza. Y ahí tienen a uno perdido durante su primera juventud vacilando entre la creencia, la afirmación y la decepción por no haberse sentido importante al confesarse antes de la primera comunión porque en mi imaginación todo el catecismo sería una experiencia mística y mágica en la que usaría mantilla y se me advertiría el peligro del poder de Dios como se debe, no sólo una pinche clase una hora antes de entrar a la escuela donde básicamente repetiría las oraciones básicas una y otra vez. ¡Qué pinche decepción!
También hubo un periodo en el que quise aspirar a la santidad, pero era una muy mala persona desde niña y lo sabía. Los niños no son tontos y yo supe que no era material de santidad desde que me recitaron la vida de Santa Teresita. 
Lo importante, al final, recae en una sola cosa: ¡la fe!
Todo se trata de la fe y no lo digo porque Lutero todavía me tenga hipnotizada con la justificación por la fe y el peca fortirer, sed fortius fide? Si está mal escrito luego lo arreglo. No, hay algo muy particular con la fe. 
¿Han tenido fe en una persona? No en Dios, aunque el principio es el mismo porque se basa en evidencia. Está bien, el creer ciegamente en algo o alguien, te da una capacidad inmediata de aceptación de hechos que de otra forma podrías y sabes que deberías negar, sin necesidad de autoconvencimiento. Sí, es como cuando depositas tu fe, de manera sistemática desde tu nacimiento, en un lugar, puede pasarle un huracán encima y sin embargo, no podrás renunciar a él. Puedes estar caminando sobre los escombros, pero ese sagrado recinto está en pie y nada ni nadie, ni siquiera los quejidos de los trozos que vas rompiendo a cada paso te puede convencer de que no está ahí. ¿Por qué es diferente tener fe a creer? Porque el creer en algo se basa en evidencia y argumentos, en cambio, la fe se basa en ir en contra de las evidencias y los argumentos.
Por eso, por eso está cabrón cuando pierdes la fe en Dios... o en cualquiera.

Una vez que pierdes la fe, ya no hay forma de reparación, que extrañamente funciona de manera inversa a la creencia. Y ahí está usted, en la puerta de la pubertad y atravesando las primeras manifestaciones de una depresión cabrona que nunca se le quitará. ¿Qué se hace? Examinar las evidencias y decidir, que no puede haber Dios por lo que se piensa que se ha dejado de creer en él... ¡pero aguas!, porque a la primera señal de peligro, no sólo será la adrenalina la que lo asalte, también será la fe, que sale de un lugar misterioso para decirte "vas a estar bien", "estás caminando sola por un callejón oscuro pero Dios te cuida y vas a estar bien" y rezas. Ahí es donde sale asquerosamente delatado el hecho de que se conserva la fe, cuando escupes el Padre Nuestro antes que el instinto de correr. Finalmente, se pasa la edad más fastidiosa y se acepta la fe como algo presente que a pesar de todo se sostiene y se comienza a vivir con ello, se dicen las oraciones de forma más privada, se para uno en la iglesia cuando nadie está viendo, especialmente a media hora de distancia del hogar, a dos calles de la casa de su psiquiatra y sobre todo, se evita a toda costa el santuario donde la fe (sí, la misma que escupe el Padre Nuestro) te asegura, sin necesidad de prueba alguna, que es habitado por el diablo. 

¡Ah, qué bonito! Cómo me gusta hablar de cosas religiosas. También me gusta confirmar que no he perdido la fe en Dios, nunca lo hice, ni siquiera cuando me lo cuestionaba seriamente aunque yo creyera que sí. Uno se engaña. La duda no significa ruptura, al contrario, si se duda y concluyes que todo apunta a la culpabilidad de un hombres al que absuelves de todos modos, eso sólo se llama fe... y por eso, cuando se destruye la fe, no hay forma de recuperar la confianza en cualquier afirmación de la fuente rota. Pueden afirmarte lo más evidente, lo que tienes enfrente, algo que ves y puedes tocar, como Santo Tomás, pero no lo creerás y es como si el tinte de la falsedad cubriera todo, como el olor a coladera. 

Por la misma razón, cuando el receptáculo de esa firme convicción hace algo para delatar la mentira en la que has vivido, el daño no es para él (o tal vez sí, aunque él nunca llegue a comprender lo que ha hecho), no, el que ha sido mutilado es el que ha visto su fe defraudada y en consecuencia pierde la capacidad automática de afirmar. Ahí sí, se pueden aportar todas las pruebas posibles a favor de una afirmación que a falta de fe no se creerá. Es imposible. En ese momento es cuando entra el enojo, no la furia vestida de indignación que sale disparada como fuegos artificiales y eventualmente se calma con la misma velocidad con la que se encendió, no, hablamos de un enojo pasivo y profundo que te carcome y te quita la alegría de no sentirte del todo solo. ¿CÓMO PUDISTE? Se quisiera gritar, pero la manifestación de la ira ante el engaño no puede manifestarse porque no tiene sentido. ¿Para qué? Nada que se diga puede reparar la fe y es así como la protección de este ser omnipresente para el que significas el cordero más preciado de su rebaño desaparece y te quedas solo. 
El enojo se convierte en amargura y después en vacío. Te quitaron una gran parte de lo que solías ser. Ah, pero fue culpa del pendejo que se la creyó desde un principio. Claro que sí y de ahí viene la autorecriminación por ser tan estúpido y del enojo con otra persona se pasa al autodesprecio. 

¿CÓMO?
Ah, pues muy fácil, las evidencia estaban ahí pero uno, movido por la fe, se aventó de precipicios para negar la fuerza de gravedad. ¡Pues claro! 

El resultado, es una persona hecha mierda sobre las rocas y un montón de gente que no sabe en qué diablos estaba pensando. Bueno, yo tampoco lo sé. 

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