domingo, 28 de mayo de 2017

Frozen (adiós gafete)

¿Qué creen que hice? Renuncié. Finalmente, renuncié, hice un berrinchazo en la última de sus chingaderas y de ahí me agarré para largarme como un Rockstar. 

 Me sentí Jon Snow:

Mi guardia terminó, perras.

Y después solté el micrófono.

Extrañamente, los primeros días cantaba de felicidad pero después de una semana o algo parecido empecé a sufrir una crisis de identidad muy parecida al duelo. De pronto me faltaban los descansos de tabaco, a las once y a la seis con el capitán Benwick, el dispensador de agua para hacerme té, saludar a Dianita (la estudiante de Economía que pasaba a recoger la basura tres veces a la semana),  a Cesar, el becario que fue mi único usuario por casi un mes, mi biblioteca, bañarme regularmente y... bueno, nada más, pero el caso es que pasé por las etapas de negación, ira y todo lo demás. ¿Qué diablos? Lo que me sorprende es que haya aguantado dos años y dos meses, ese lugar está a punto de colapsar. No sé qué me pasó, tal vez la incertidumbre, pero hasta mi psiquiatra llamó a otro psiquiatra para que me examinara y opinara sobre el medicamento que debo tomar. Los dos querían que tomara el mismo antipsicótico que mi mamá.
De repente, estaba parada en la farmacia con dos recetas y me quedé pasmada. Estaba lloviendo y yo seguía cansada y aturdida por haberme metido en unas clases de pintura con acrílico en la casa de mi doctora, dos horas después de mi consulta, lo que resulta en que me paso horas en el tráfico cuando ya me había acostumbrado a no manejar más de media hora al día desde hace dos años. Sonó mi turno y extrañamente no me animé a sacar la segunda receta, la idea de tomar el mismo medicamento que mi mamá me horrorizaba. ¿Por qué? ¡No lo sé! Como resultado, decidí limpiar mi sistema de trancazo, lo que fue una idea estúpida y sólo resultó en más ansiedad e insomnio.
Fueron días malos... pero, como siempre sucede entre los enfermos mentales, la felicidad sólo está a unos días químicos de distancia.  Oh, bueno, adiós gafete, te voy a extrañar. Volví a tomarme el Luvox, como persona decente y con ayuda del tafil he logrado ser una persona más o menos funcional que alimenta a sus perrihijos con puntualidad, puede sentarse a leer sin tener ataques de pánico y hasta cumple con sus obligaciones sociales. Si, hasta cumplí con mis obligaciones sociales, lo que hoy me permite dedicar mi tarde a las cosas que realmente importa (en este mundo tan fuera de control, hay que mantener nuestras prioridades claras):

1.- Observar sin fin capítulos viejos de The Walking Dead, perdón, quise decir: observar los brazos de Norman Reedus en capítulos viejos de The Walking Dead. ¿Los han visto? Son la imagen más bella con la que podría morir un ser humano, como un amanecer o un cachorrito recién nacido saliendo al mundo.

2.- Preocuparme continuamente por qué diablos le harán a mi amado Gendry en la 7ª temporada de Juego de Tronos. Es que no confío en ese par de perras conocidos como D&D, son capaces de destruir cualquier cosa, vean lo que le hicieron a Dorne. ¿Qué podemos esperar de ellos? Mamadas, es más, le tengo miedo a la próxima temporada. No sé si pueda soportarlo. He invertido casi diez años de mi vida en esto, maldita sea. También me ha pasado algo muy raro con Juego de Tronos, desde que Miss Crawford y su hermana se volvieron "super-mega-fans" prefiero no hablar del asunto. Me irrita ver sus demostraciones de emoción desaforadas. Ay, por favor, un verdadero fan hubiera salido corriendo a buscar los libros después del 5º capítulo y ya los hubiera devorado, digo, es imposible no hacerlo y Miss Crawford tiene una de mis copias del primer libro desde hace más de dos años y no lo ha leído, lo bueno es que tengo tres juegos más. Su afición, tomada tan a la ligera, me ofende. Si fueran verdaderos fans, no sólo hubieran leído los libros al menos dos veces y subrayado las profecías para compararlos con eventos, lineas de tiempo y procesos históricos (por cierto, encontré el nombre de "Gerion" en una crónica de los primeros reyes de Britania que no sé dónde chingados puse y no les puedo decir exactamente cuál es pero que me emocionó como una adolescente en su primer concierto de Boy Band), también tendría sus propias teorías de la conspiración, hablaría al menos tres palabras en Dothraki y habría dedicado y/o instalado al vez un par de anaqueles exclusivos para la saga con todo y memorabilia, ediciones ilustradas y especiales, libro para iluminar, juego de mesa, Funkos, Historia de los Siete Reinos y tal vez, sólo tal, una corona Baratheon para cosplay. Lo que me recuerda, mi Margaery Tyrell no ha llegado. Amazon es una mentira, la ordené hace más de un mes. Disculpen, perdí el punto. Lo que importa es que a diferencia de cuando se envició el Capitán Benwick, que es el mejor cómplice de televisión que una persona pudiera desear, la afición de las Crawford es forzada y superficial, no me gusta y me irrita. ¿Acaso se pondrían una camiseta de Spock alrededor de trekkies? No, no lo harían, porque es buscarse un golpe en la cara.  ¡He dicho!

3.- Lo que realmente quería contarles (es más, si quieren saltarse todo lo anterior pueden hacerlo sin problemas), es una extraña sospecha que me atacó hace unos días y que hoy confirmé como un temor que se quedará conmigo para siempre: ¿Qué clase de ropa interior usan los hombres de gimnasio? Yo sé que suena extraño, pero hace unos días (porque ahora que soy libre puedo dedicarme a hacer cosas frívolas como hacer ejercicio y leer tirada en el pasto con mis perros al atardecer) estaba luchando por bajar las lonjas cuando observé una pareja de esas que viven en el gimnasio. Imagínese usted, él, un sujeto tatuado (no en el buen sentido, uno creería que los tatuajes no pueden no ser atractivos, bueno: ¡Sorpresa!), con una de esas muscle shirt flojas que cuelgan de su musculoso cuello como si fueran los tirantes de una blusa halter, de preferencia en colores fosforescentes, man-bun y ¿mallas, leggings, lo que sea?, más ajustados que los míos, obviamente todo en lycra. ¿Ya tenemos esa imagen? Bien, ahora colóquelo junto a una joven en atuendo de ejercicio perfecto a la que supervisa con atención. En un momento así me pregunto cómo putas le hace ella para verse tan tranquila y feliz mientras yo estoy escupiendo flemas y tal vez el alma después de ocho minutos en la escaladora, si le agregamos la faja y la tanga que se transparenta debajo del atuendo, la incógnita sólo se hace más grande. Hasta ahí era una de las ocurrencias normales, hasta que noté que los pantalones de él estaban más apretados que los de ella y lo único que se me ocurrió fue esto:




Ya sé que les parecerá extraño pero de verdad me pregunto, ¿su ropa interior es más pequeña y delicada que la mía? Sí, probablemente. Lo peor es que desde entonces cada vez que voy a gimnasio me da por comparar los pantalones. Por favor, no me juzguen, pero ya van al menos tres veces esta semana que cuando me siento en el aparato ese para bajar la panza cervecera me quedo pensando en qué clase de comodidad les puede proporcionar un atuendo semejante y cómo lograr desplazar tanto peso en ropa tan pequeña y extendida haciendo saltos kilométricos y otras acrobacias. ¿No se sienten sofocados por sus propios pantalones? Bueno, si es que a eso se le puede llamar pantalones y no mallas de bailarina de ballet, en toda su fabulosa variedad. Sí, he visto mallas en colores fosforescentes, con estampado de cebra, flamas y psicodelia, lo único que falta son unos malditos polka dots! 

¿Qué pasó con la hombría? 

Al salir, me encuentro con la barbería que pusieron en el local donde solía estar mi spa de preferencia y sufro, de verdad sufro. ¿Dónde están los hombres? Y no, no me importa que ese lugar use botellas vacías de Jack Daniels como recipientes y floreros, eso no hace su labor más masculina. 
Es más, me pregunto si me harán manicura gratis si les llevo una botella vacía. 
¿Así funciona? ¿O les ofendería mi olor tabaco y sudor?
Espero que esta extra fijación desaparezca pronto, pero por el momento tendré que dejar de ir al gimnasio al menos hasta el miércoles, no es que sea floja (sí, sí lo soy), pero en mi defensa mi mamá ha decidido usarme como asistente personal desde que estoy sin trabajo y tengo más obligaciones que antes, claro, puedo hacerlas en menos de tres horas, a diferencia de las once horas y media que me consumían el alma, pero a final de cuentas son obligaciones.

Con su permiso, debo ir a lavarme los ojos con imágenes positivas, con suerte en un par de días volveré a ver el mundo con algo de paz.

Es que, ¿cómo lo logran?..

No lo sé.



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