sábado, 8 de julio de 2017

Pegote de cera

Ayer me pasó una cosa de lo más curiosa. Verá usted, debido a la desgracia en la que se han convertido las librerías más cercanas, me di a la tarea de regresar a mi hogar... sí, el centro, donde ancianos desconocidos te saludan, puedes sentarte a fumar sin dar explicaciones y recordar todos esos momentos felices de la juventud que se requieren en los momentos difíciles. También disfruto enormemente el paseo en camión y metro (ya lo sé, suena extraño pero yo lo encuentro perturbadamente reconfortante). Precisamente estaba en mi lugar usual al final del camión, donde en caso de asalto hay menos probabilidades de que me maltraten, cuando pasamos cerca del mercado de Naucalpan y vi correr por la calle para atrapar al camión a una cara conocida. Claro, la reconocí porque visité su casa miles de veces, aunque me costó trabajo recordar su nombre, después de observarla con discreción un rato me acordé, quién era y de dónde la conocía: Olguita.

Era un joven rubicunda y alegre que trabajaba en un salón de belleza (o sea lo que sea que se le parezca) cerca de mi casa. Era muy buena depilando y eventualmente, a causa de las crueldades laborales de los patrones que explotan a sus empleados, decidimos ir a su casa o ir por ella y llevarla a la nuestra para que nos depilara a las tres en serie. 

No hay más historia, eventualmente mi mamá la odió como llega a odiar a todas las personas que conoce y la acusó de ser una "conchuda" y "abusar" de nuestra amabilidad cuando le pidió ayuda a mi hermana con un problema que tenía. Verán, ella, su mamá y hermana se dedicaban a coser, algo parecido a la maquila para una señora, que después del trabajo entregado no les quiso pagar. Mi mamá le pidió ayuda a mi papá que le pasó el número de un abogado amigo suyo que asustó a la señora lo suficiente con una llamada como para que les pagara. ¿Qué les digo? Mi mamá la odió desde entonces y al igual que Elena, la manicurista que cometió el error de preguntarle si quería ser la madrina de pastel del bautizo de su bebé, desapareció de nuestras vidas.

Me caía bien y me dio gusto verla tan alegre como siempre, sonriente y platicadora con la anciana que la acompañaba, asumo que su abuela. Sólo se pintó el pelo de rojo lo que considero que fue error porque se maltrata mucho, lo que me recuerda:

Sospecho que voy a tomar un estúpida decisión sobre mi cabello pero hay algo que me atrae y no puedo combatirlo. Lo tengo tan largo que ya puedo cortar cómodamente una trenza de los 30 cm necesariospara donarla. 

Mi mamá dice que no lo haga, que me voy a sentir muy mal, pero diría Cersei: "el cabello crece".

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